Especial para TiempoSur

Comienza la masacre

Por Felipe Pigna.  Escritor/Historiador. 

Felipe Pigna.
Felipe Pigna.
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El Teniente Coronel Héctor Benigno Varela regresó a Río Gallegos. Algo había cambiado para siempre en él. Se negó a recibir a los delegados de la Federación y lanzó un bando decretando la pena de muerte para los “subversivos” a pesar de que el congreso nacional había abolido, el 1 de octubre, con el voto mayoritario del bloque radical, la pena capital.

Es interesante destacar que antes de iniciar su matanza Varela remite el siguiente informe al gobierno donde reconoce que los dueños de las estancias y los medios que les responden han exagerado las cosas: “Puedo asegurar que las notas que en ésa se reciben –aun las que pueda trasmitir esta gobernación–  son exageradas. Regreso de visitar numerosas estancias de la parte sur del territorio que, según comunicaciones recibidas en ese Ministerio, fueron asaltadas. Ninguna de ellas tiene desperfectos en sus edificios ni en sus materiales de trabajo, excepto la del Sr. Ibón Noya, a quien le fue quemado el galpón de esquila. Las estancias están todas abandonadas por sus administradores y dueños, y muchas de ellas sin personas que las cuiden, no obstante lo cual ninguna ha sido saqueada. Lo peones de la mayor parte de las estancias, algunos capataces se han levantado en huelga y actualmente existen numerosos grupos capitaneados por individuos de malos antecedentes, los mismos que intervinieron en el movimiento huelguista del año anterior, cuyas capturas dejé recomendadas al gobernador del territorio después que los sometí. Las tropas a mis órdenes proceden con empeño a someterlos; algunos se han presentado ya a trabajar. Creo que pronto se restablecerán la tranquilidad y el orden. La situación por que atraviesa el territorio no es alarmante[1].

A pesar de sus declaraciones, Varela lanza una feroz represión contra los huelguistas, aquellos que habían “osado” defender sus derechos, y se le habían atrevido al poder.

La Vanguardia describe claramente la situación que se desata a partir de la llegada de Varela y sus tropas a las que se incorporan estancieros nucleados en la Liga Patriótica Argentina. Todo peón es sospechoso y se lanza una verdadera “caza del huelguista” como la llama “La Vanguardia”. El diario radical La Época, alerta sobre la campaña propagandística de los estancieros: “En las informaciones oficiales no se cita un solo atentado contra la vida de los pobladores, ni un solo ultraje al honor de las personas. Todo lo que hayan dicho sobre el particular los grandes matutinos resulta perfectamente falso. Los huelguistas sediciosos se han conducido con laudable corrección y prudencia, limitándose en general a hacer requisiciones de víveres y armas en las estancias y llevar como rehenes a algunos propietarios o administradores que resistían aceptar las condiciones impuestas por los obreros. Cuando fueron hostilizados por un corto contingente de tropas se dispersaron o se entregaron, resistiéndose solamente los elementos maleantes que explotaban la situación de ánimo de los trabajadores[2]

Varela comenzó a dar cumplimiento a su bando y a su afán de revancha de clase. Una a una fueron recuperando las estancias. Facón Grande había comandado a sus compañeros en el único combate librado entre las tropas de Varela y los huelguistas en la que murió la única víctima del regimiento de Varela. Facón pensaba que en el tren venían rompehuelgas y lo quiso detener. Él y sus compañeros hicieron retirar a la tropa que estaba comandada personalmente por Varela. La afrenta era muy grande para el honor del Teniente Coronel.

Patagonia trágica.

Un tal José Font, más conocido como Facón Grande

José Font, había ido perdiendo su nombre. Para todos era Facón Grande, aquel gaucho noble, dueño de una tropa de carros, de un relativo buen pasar, que se unió a la huelga por no soportar tanta injusticia. A él recurrían los paisanos para pedirle consejos, para saber cómo enfrentar las arbitrariedades de sus patrones. Era un ejemplo para los peones rurales que agradecían su coherencia y lo seguían a muerte. Facón era una las presas más preciadas por Varela. Sabía que no iba a poder con él en un combate franco y decidió capturarlo tramposamente a través de un ardid. Le hizo llegar un telegrama en el que le ofrecía parlamentar bajo la base de aceptar el convenio firmado con su aval. El digno gaucho entrerriano, confiando en la institución criolla de la palabra empeñada llegó acompañado de un delegado. A poco de llegar y de anunciar que venía a parlamentar. La mirada de Varela se dirigió a un grupo de soldados y ordenó secamente “deténganlo” mientras un segundo de Varela disparaba impunemente contra el gaucho Cuello delegado de la Federación que acompañaba a Font, matándolo en el acto.  No fue fácil sujetarlo a Facón que se resistió hasta último momento. Finalmente fue reducido y maniatado. Varela con su mirada gélida levantó su mano y escondió el dedo pulgar, quedaban cuatro dedos a la vista. Sus subordinados ya conocían el lenguaje de señas de su jefe: cuatro tiros. Facón no paró de insultar a su fusilador y cayó, como había vivido, dignamente bajo las balas del 10 de caballería.

 

[1] Telegrama de Varela al ministerio de Guerra, reproducido por  La Prensa, el 21 de noviembre de 1921

[2] La Época, 28 de diciembre de 1921

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