Especial para TiempoSur

Masacre en la Anita

Por Felipe Pïgna. Escritor/Historiador. 

Felipe Pïgna.
Felipe Pïgna.
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Los trabajadores reunidos en la Anita, una de las estancias de los Menéndez Behety, rodeados por las tropas de Varela, le enviaron la siguiente nota al Teniente Coronel: “Venimos a pedir a Ud. por medio de la presente de la cual son portadores dos obreros genuinos, quiera tener la bondad que le agradeceremos, de indicarnos las condiciones exigidas por el ejército nacional al cual estamos dispuestos a respetar, siempre que nos garanta la vida contra las autoridades de policía las cuales no nos inspiran la más mínima confianza. Obran en nuestro poder 80 prisioneros, 3.000 caballos, 450 armas largas, 300 cortas, 15.000 tiros de armas largas y 3.000 de cortas; todos los cuales estamos dispuestos a entregar al ejército con la suficiente garantía de que se nos garantan nuestras vidas y nuestra libertad para volver a nuestras faenas en las condiciones que el señor Jefe del 10 de caballería señor Varela, nos dejó el año próximo pasado. Tenemos la convicción los obreros de que gallardía que es peculiar en todo militar de honor ha de salvarnos de la rapacidad de los señores latifundistas de la Patagonia que explotan las tierras que le pertenecen al superior Gobierno. Ansiamos una contestación de Ud.”[1] Varela les contestó que la rendición sería incondicional y que tenían tres horas para pensarlo antes de que los “cague a tiros a todos”.   Tras una asamblea presidida por Antonio Soto debatieron si continuar la lucha o entregarse a las tropas de Varela sin condiciones. Soto y otros dirigentes les advirtieron a sus compañeros que no confiaran en el teniente coronel, que no se entregaran porque serían masacrados.

Que ya los habían declarados culpables y que esa culpa era la de ser trabajadores y atreverse a rebelarse contra la injusticia.

La asamblea decidió por amplia mayoría entregarse. Era un final insoportable para Soto, por primera vez desobedeció la decisión de la mayoría y decidió partir a Chile con un grupo de compañeros. A los trabajadores de La Anita que se entregaron, unos 400, se los trató peor que al ganado que va camino al matadero. Primero fueron despojados absolutamente de sus pocos bienes materiales por los “defensores de la propiedad privada”: alianzas de casamiento, rastras, dinero, cheques de sueldos, relojes, cadenitas de oro, monturas y hasta los quillangos[2] y mantas. El botín fue repartido entre la tropa, eso sí, siguiendo el orden jerárquico: el oro y el dinero para los oficiales, el resto para la tropa.  Luego debieron pasar por estrechos corrales donde fueron golpeados a gusto por la soldadesca y finalmente fueron rapados con las máquinas de esquila y encerrados en los galpones de la estancia. Allí, sentados espalda contra espalda, cada uno debía portar una vela para su mejor vigilancia. Otros, a aquellos que se los encontró con “ropa de estancieros” fueron desnudados y atados a los alambrados.  Amanecieron muertos de frío. El resto fue despertado violentamente y obligado a formar en dos largas columnas. Varela en persona acompañado de los estancieros y miembros de la Liga Patriótica Gerardo Dobreé, inglés, hacendado de Santa Cruz; Robert Saller, norteamericano, propietario del garaje Auto Equipo de Santa Cruz; Alan Mac Donald, inglés, gerente en la América del Sur de la casa Cooper y Nephews; Otto Huich, alemán, inspector de la S. A. Importadora y Exportadora de la Patagonia; Jacinto Nogore; Vittorio Brun y Aníbal Bosso[3], entre otros, identificaban a los delegados de estancia. El estanciero míster Bond hizo fusilar a 37 peones de su estancia porque le faltaron 37 caballos. A los delegados identificados, a los sospechosos, a los no simpáticos o no del todo complacientes, a los que les debían más de tres meses de sueldo, todos ellos cayeron bajo las balas del Regimiento 10 de Caballería comandado por Héctor Benigno Varela quien previamente les hizo cavar a cada uno su propia tumba. En total fueron salvajemente fusilados ilegal e ilegítimamente en todo el territorio de Santa Cruz unos 1.500 trabajadores. A ninguno se le inició causa judicial alguna, ninguno fue acusado de nada ante estrados judiciales, ninguno pudo disponer del legítimo derecho de defensa ni de ninguno de los derechos garantizados por el artículo 18 de la Constitución Nacional. Para ellos no hubo ley solo hubo muerte.

El diario La Razón, vinculado a la Liga Patriótica decía: “No es del caso considerar lo que ocurrió después de la rendición de los sediciosos. No queremos hacernos eco de lo que nos han contado, por tratarse de hechos consumados. En general regresaron libremente de La Anita los peones reclamados por los hacendados. No se conoce con exactitud el número de fusilados en Lago Argentino.”

Terminada la faena, Varela le da franco a la tropa. En Puerto San Julián se produce un maravilloso episodio de resistencia. Las trabajadoras sexuales del prostíbulo “La Catalana” se niegan a “atender” a los hombres de Varela y los echan a escobazos al grito de “asesinos de trabajadores”. Las valientes mujeres serán detenidas, pero deberán ser liberadas “por falta de méritos”. Si hubo quienes tuvieron méritos fueron estas valientes mujeres de San Julián.  

 

Misión cumplida

Cumplida su sangrienta misión Varela regresó a Buenos Aires y nobleza y obediencia debida obligan, se entrevistó con el ministro de Guerra. A la salida del “cónclave” formuló las siguientes declaraciones en las que se adelantaba a sus futuros colegas de los años 70 y atribuía todo a un complot subversivo: “Mi opinión sobre el movimiento producido es concluyente en lo que se refiere a su organización. No se trata de un hecho aislado, sino que respondía a un amplio plan de alteración del orden en todo el país. Diversas comunicaciones, ciertas y documentos secuestrados a los revoltosos abonan lo que digo, con el agregado de que, en general, pudo apreciarse una determinada tendencia en contra de cuanto significaba la existencia regular de la Nación, dentro de cuyo territorio estaban viviendo los revoltosos, en su mayoría extranjeros. La poca atención que prestaran en el primer momento las autoridades civiles y la carencia de recursos y elementos de parte de éstas, permitió iniciar la revuelta en inmejorables condiciones, añadiéndose enseguida la sublevación, merced al imperio de los desmanes que cometieron, mientras aumentaban sus parques de armas, caballos, automóviles y aprovisionamientos, requisando por la fuerza cuanto encontraron a su paso, y efectuando una verdadera leva de civiles, destinada en parte a sus cuadros de combate, y el resto a servir de rehenes para las emergencias más difíciles.” [4]

Algunos esperaban una sanción, un pedido de informes, algo que hablara de la preocupación de Yrigoyen por la matanza ya conocida por todos. El presidente premió a Varela nombrándolo Director de la Escuela de Caballería de Campo de Mayo.

Poco después fue homenajeado con un gran banquete ofrecido por la Liga Patriótica Argentina. A los postres, habló su inefable presidente, Manuel Carlés y dijo: “Las dianas de la Liga Patriótica Argentina saludan a los bizarros escuadrones del 10 y del 2 de caballería que restauraron el orden en las lejanías de la República.

Cuando el desmán alardeó en los ámbitos del Sud, asolando la civilización incipiente de la Patagonia, allá fue el Ejército de línea para cumplir otra vez la misión de amparar la vida, honra y fortuna en la Nación; y allá fue también la Liga Patriótica llevando la palabra persuasiva a los corazones conmovidos. (…)

La Liga Patriótica es una escuela de moral para depurar las virtudes cívicas y es un cuartel donde se aprende a defender el orden y hacer respetar la nacionalidad. En este momento representamos la gratitud argentina para honrar el mérito de los valientes que restauraron el imperio de las instituciones nacionales en el Sud de la República.[5]

 

[1] Diario El Trabajo, 28 de diciembre de 1921

[2] Pieles usadas para el abrigo

[3] Osvaldo Bayer, op. Cit.

[4] Declaraciones de Varela, en La Nación 26 de enero de 1922,

 

[5] Biblioteca de la Liga Patriótica Argentina, Campaña de Santa Cruz. Homenaje al Ejército y Armada, Buenos Aires, 1922.

 

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