Protección

La extraña biblioteca de los libros congelados

La biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos, de la Universidad de Yale, conserva sus libros en frío para evitar el ataque de un insecto.

  • 10/08/2019 • 12:48
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Uno de los templos de saber más curiosos del mundo es la biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos, de la Universidad de Yale. Fue levantada a comienzos de los sesenta del siglo pasado por Gordon Bunshaft y no le pasa desapercibida ni a los más despistados. Es de granito y mármol translúcido y carece de ventanas.

El objetivo de este peculiar diseño es permitir el paso de una pequeña cantidad de luz solar para mejorar la conservación de los libros y evitar «visitas» indeseadas.

Los «lectores» más indeseables
A pesar de que no son bien recibidas, en todas las bibliotecas se cuelan alimañas devoradoras de cultura. A veces basta con una simple mirada a los libros para saber qué tipo de hongos acampan en una biblioteca.

Si los libros muestran manchas amarillo-verdosas es posible que el «ínclito lector» sea el hongo Chaetomium; si la mancha es rojiza, cinabria o de color bermellón, estaremos ante el Acrostalgmus cinnabrarinus; los puntitos negros son típicos de las Alternarias; las manchas castañas del Spicaria elegans y las amarillas del Aspergillus repens.

Además de a los hongos, los bibliotecarios le temen a dos tipos de insectos xilófagos: Carcoma y escarabajos. Dentro de estos últimos destacan los Dermestidae, especializados en pieles y pergaminos, y los Leptismatidae, a los que pertenece el pececillo de plata.

Dentro de la gran familia del carcoma –también conocidos como anóbidos- se encuentra el Xestobium rufovillosum, el escarabajo del reloj de la muerte.

Las larvas de este anóbido son terribles devoradoras de madera y papel, motivo por el cual cumplen una función extraordinaria en la naturaleza, al alimentarse de árboles secos en diversos grados de descomposición.

Devoradores de madera
La forma adulta horada los árboles muertos realizando complejas galerías, debilita la madera y la deja expuesta a filtraciones acuosas, bien por el agua o el rocío, lo cual permite que otros organismos -hongos y bacterias- terminen por descomponerla.

En 1977 estos insectos decidieron realizar una «visita gastronómica» a la biblioteca Beinecke y durante un tiempo trajeron de cabeza a sus bibliotecarios, ya que estuvieron a punto de destruir una buena parte de la colección.
Se añadía la terrible circunstancia de que no era posible combatir la plaga con los insecticidas habituales debido a que sus libros se almacenan mediante un sistema hermético.

Los libros congelados
Un eximio entomólogo recomendó a los responsables congelar los libros a -36ºC. De esta forma, y después de un proceso que se prolongó durante dos largos años, se pudo controlar la plaga del Xestobium.

Desde entonces los bibliotecarios no quieren asumir nuevos riesgos y todo libro que llega a sus manos es congelado –como medida preventiva- durante tres días antes de pasar a formar parte de los insignes anaqueles.
 


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