Columna

Qué hacer en medio de la crisis

Por Bernardo Stamateas*

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas
COMPARTÍ ESTA NOTA

Todos, ya sea que lo queramos o no, tenemos que atravesar alguna crisis a lo largo de nuestra vida que viene a generarnos miedo y sufrimiento. Muchos se preguntan: “¿Por qué me sucedió esto a mí?”. Cuando asumimos esa actitud, en el fondo, nos vemos a nosotros mismos débiles e indefensos frente a la adversidad. Necesitamos comenzar a vernos, voluntariamente, más fuertes que todo lo malo para ser capaces de enfrentarlo y superarlo.

Sin minimizar lo negativo que nos ocurre, vernos fuertes nos permite expresar: “A pesar de este dolor, de esta dificultad, de esta carencia, me voy a poner de pie y voy a seguir caminando”. Cuando tomamos autoridad sobre la crisis y no nos dejamos vencer, esta deja de tener poder sobre nosotros a nivel emocional. Muchos huyen de los desafíos porque les temen, pero ignoran que son la única forma de darnos cuenta de que tenemos la capacidad de enfrentar cualquier situación difícil que aparezca en el camino.

Las crisis que tanto miedo nos producen, por la incertidumbre de lo que pueda suceder (una reacción normal y universal), nos impulsan a cambiar nuestra perspectiva de la vida para siempre. Como resultado de sentir que nuestro mundo se derrumba (en la crisis), nos transformamos en seres humanos fuertes, profundos, sólidos y más sabios. Una crisis, a pesar del dolor que trae aparejado, debería conducirnos a decir: “Aprendí que soy más fuerte que cualquier crisis”.

Algunos solamente descubren su potencial interior ilimitado en medio de una crisis. Pero, ¿cómo podemos tenderle una mano al que fue derribado en sus emociones y está sufriendo por alguna crisis inesperada (porque perdió un ser querido, porque perdió su empleo, porque su pareja lo/la abandonó, etc.)? Ayudándolo a ser restaurado. A quien se cayó y no puede ponerse de pie, nosotros podemos restaurarlo. La persona siente tanto dolor, que no tiene fuerzas para levantarse y avanzar.

Todos podemos quebrarnos a nivel emocional y la razón es que todos albergamos expectativas en nuestro ser interior. Cuando estas no se cumplen, o sucede todo lo contrario de lo esperado, perdemos la esperanza y sentimos dolor que nos lleva a aislarnos y, en algunos casos, no desear seguir vivos. Y todos esperamos algo porque, aun cuando no nos demos cuenta, tenemos una cuota de fe, aunque sea pequeña.

Nuestra fe se puede quebrar, pero es a la vez el combustible que nos ayuda a seguir adelante, sobre todo, en medio de las crisis. Tal vez el mayor desafío que tenemos hoy los seres humanos en todo el mundo sea el de seguir adelante manteniendo la fe, aun cuando somos golpeados por las circunstancias y nuestra alma ya no soporta más dolor.

Hay personas que expresan: “Tengo fe, pero quién sabe qué me deparará el destino”. Eso no es fe, es estrés. La fe tiene la capacidad de liberarnos del estrés que acumulamos a diario, porque nos permite confiar y, como resultado, relajarnos. La fe es una verdadera fortaleza que nos habla y nos dice que nos espera algo bueno en el futuro… a pesar de las crisis.

Qué hacer con el dolor

Todos en algún momento vivimos alguna experiencia difícil que nos pone en contacto directo con el dolor: la pérdida de un ser querido, una enfermedad propia o ajena, la pérdida del trabajo, un desengaño amoroso, etc. Y es en esos casos que nos preguntamos: “¿Qué hago con este dolor?”.

Lo más aconsejable es dirigirnos hacia adentro para determinar si estamos haciendo algo para que ese sufrimiento no perdure en el tiempo y se transforme en agonía. Siempre hay algo que uno puede hacer para dejar de sufrir. Ponernos en movimiento nos ayuda a enfrentar y administrar el dolor a nivel emocional.

También es fundamental darle un sentido al dolor. Muchas personas, ante una crisis inesperada que les produce un gran sufrimiento, aprenden a priorizar ciertos aspectos de su vida que antes consideraban secundarios. Dejan de preocuparse por cuestiones insignificantes y comienzan a enfocarse en lo que de verdad vale le pena.

Darle vueltas a lo que nos sucedió y seguir llorando y pensando en ello todo el tiempo es inútil y nos termina desgastando. Aquí es necesario tomar la firme decisión de hacer un alto y declarar: “Ya tuve suficiente. A pesar de lo que me ocurrió, voy a agotar este dolor y a seguir adelante”. Llegar a este punto de determinación nos permite aprender la lección y volver a disfrutar de todo lo bueno que la vida nos ofrece.

El sufrimiento sin fin nos trae oscuridad. Es como si nuestras lágrimas formaran un pozo. Pero incluso un pozo puede llenarse de agua de lluvia y ser una fuente de esperanza para uno mismo y para otros. ¿Qué quiero decir con esto? Que, en la adversidad, en las épocas tristes que todos atravesamos, podemos lograr convertir el dolor en un “don” que resulte útil a otros.

Heridas tan dolorosas, como las provocadas por maltrato, abuso, problemas de pareja y cualquier otra situación dura, pueden ser sanadas y cambiadas en un don para ayudar a los demás. Esto es así porque la persona tiene la autoridad del que ha vivido y superado el sufrimiento emocional. Entonces es capaz de decirle a quien está atravesando algo similar: “Si yo lo superé, vos también lo vas a hacer”.

Este tipo de dolor siempre debería llevarnos a ser mejores seres humanos. Solo así podemos encontrarle un sentido positivo a lo malo que nos sucede y, en su momento, no tiene explicación. Cuanto más profundamente nos sanamos, más paz y fortaleza interior obtenemos para seguir caminando. Y nuestro don pasa a estar disponible para aquellos que lo necesiten.

Mucha gente le tiene miedo al dolor. Pero, por muy amenazante que parezca cuando lo experimentamos, con el tiempo termina por agotarse y nuestra fortaleza, tanto interna como externa, se multiplica. Por eso, aunque nos vaciemos cada día, podemos volver a llenarnos todo el tiempo. ¿Cómo no compartir con alguien más la manera de levantar cabeza y atreverse a esperar un mañana mejor?

Procurá siempre que el dolor sea tu aliado, no tu enemigo, y sembrá una semilla de esperanza en los demás. Todos tenemos algo para dar.

*Bernardo Stamateas, Doctor en Psicología.

COMENTÁ