Relatos de vida

Humberto Subiabre, 82 años y un relato de cuento

Humberto Subiabre es un vecino de nuestra ciudad de Río Gallegos, nacido en Chile y que hoy en día es reconocido por ser uno de tantos vecinos pioneros de suelo patagónico. Hoy con sus 82 años, amante de la pesca y las anécdotas, disfruta de vez en cuando esa actividad y anhela los viejos tiempos.

Humberto Subiabre.
Humberto Subiabre.
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En la recorrida que realiza el móvil del Multimedio Tiempo, se encuentra en esta ocasión con la historia de Humberto Subiabre, vecino de la ciudad de Río Gallegos, quien en esta oportunidad nos recibió en su hogar y nos cuenta parte de su vida y el trayecto que tuvo que realizar para cumplir sus expectativas de vida, comenzando desde temprana edad a trabajar en una isla, pasando por varios trabajos duros donde la paga era ínfima. Hoy, Humberto Subiabre.

 

Familia y crianza:

Conocido como Don Subiabre, comenzó el relato contando anécdotas e historias tan claras como si estuviera dentro de un libro, desde atrás hacia delante, con inicios, desarrollos, conflictos, desenlaces y un fin. Familia en resumidas cuentas de emigrantes, por parte de su madre Blanca, abuelos españoles. Por parte de su padre Luis, abuelos portugueses; él nacido en Chile, en un pueblo llamado, Curaco de Vélez, un 16 de mayo 1939.

La crianza de Humberto se dio en el seno familiar constituido por su padre y hermanos, su madre la perdió con muy pocos años de edad. Su abuela vivía en Apiao, una isla del sur de Chile, más específicamente en el archipiélago de Chiloé.

En el año donde se terminó la Segunda Guerra Mundial, mi abuela decidió cedernos sus tierras en la isla de Apiao, donde la comida no faltaba, el campo con pocos recursos, la levantamos al tiempo, la siembra y la agricultura fueron partes fundamentales para desarrollarnos en esa tierra aislada, solo nos manejábamos con embarcaciones a remo. Así fuimos creciendo, medio solos, pero juntos, mi padre, yo y mis dos hermanos menores. La cultura fue dura, había que hacer de todo en esos campos, cocinar, trabajar en el campo, limpiarnos y lidiar a veces con los peligros de una isla.

Pesca

Una anécdota en medio de tanta historia de vida, la pesca fue importante en toda la vida de Humberto y acá el familiar que impulsó aún más este hobby:

El hermano de mi abuela, Francisco Vera Monzón, un día apareció en nuestra casa, en busca de leña, desde el pueblo de Achao, ya que ellos no tenían por la zona, él vino en embarcación y yo le ayudé a carretear las maderas mediante huelles, con mis once años ya para ese entonces.

Y recuerdo esta breve anécdota, donde él me preguntaba si me gustaba la pesca, a lo que yo asentí con emoción, en ese momento me ofreció vender su chalupa a mi padre por la mitad del precio.
Ese día justo mi padre llegaba de trabajar y la terminó comprando a cien mil pesos chilenos, una chalupa de al menos ocho metros, desde ese momento, comencé a recorrer todos los lugares de cercanía.

Después de tiempo, yo tenía criando unas vaquitas chiquitas en la casa, teniendo doce años, en ese momento, un tío llamando Vicente, quiso cambiarme una red de pesca por una de mis vaquitas, acepté y con un bote de mi padre salíamos siempre a pescar por la zona.

Ya para mis catorce años, comencé a lanzarme solo al agua, me levantaba temprano, preparaba remos, preparaba el bote, tejía redes de 30 metros más para sumárselas a las que ya tenía y así creció mi fascinación por la pesca.

Una edad y una decisión:

Ideologías, culturas y diferencias propias de la edad fueron moldeando la vida de esta persona que creció trabajando:

Humberto ya para sus dieciocho años de edad tuvo una discusión muy fuerte con su padre, para esa época era muy aficionado del deporte fútbol, jugaba en unas ligas y se hacían varios torneos, entre las islas cercanas, en una de ellas, llegué demasiado tarde a la casa y mi padre no quiso saber nada de que esté perdiendo el tiempo en otras cosas, a lo cual terminó echándome de la casa y yo decidí largarme cumplidos los dieciocho. Desde aquel julio, empaqué mis cosas y nunca más volví a casa. Mi próximo destino fue Castro, la isla mayor de Chiloé, allí hombreaba bolsas de papa por tres pesos la bolsa, en total en esa jornada levanté cien bolsadas de papa, lo que me llevó a ganar unos 300 pesos, con eso continué buscando changas para ganar unos pesos. La travesía fue corta por Castro, un muchacho amigo, que buscaba trabajo como yo, me ayudó a irme rápido de Castro, entró mis valijas en un vagón de larga distancia, en un momento de distracción del sereno, me metí en ese vagón, pasando Bolf, me piden el pasaje y no tuve opción de mentir, me amenazaron en broma de tirarme al agua y terminé en la cocina “pelando papas”, donde el jefe cocinero me conocía y terminó sirviéndome unos platos de comida hasta llegar a mi destino.

 

Distintos destinos

Tantos lugares inciertos para la vida de Subiabre, sin embargo siempre le saca hasta el máximo jugo de oportunidad:

“Luego de unos años desde mi partida, pasé por muchos lugares haciendo changas, Punta Arenas fue una de ellas, pero rápidamente pasé a suelo argentino, Río Turbio. Empecé a trabajar en ferrocarriles ese mismo año en septiembre, estuve quince años con ello, en tantos años de trabajar en eso me di cuenta que no tenía futuro con lo poco que tenía”.

“Pasé a máquinas, locomotoras inmensas, revolcado como un perro, pero nunca me quedé atrás, aprendía todo lo que podía, 9 años trabajando en puesto distintos, cuatro años en depósito, todo el movimiento de la máquina, un día rendí para foguista, viajes directos o viajes con distintas escalas, donde en la mitad de camino, tomaban otro personal”.

“Un trabajo muy duro de al menos diecinueve horas seguidas. Los climas también eran unas particularidades complicadas para la labor, mojadas por grandes lluvias, muertos de hambre y malolientes”.

“Un día gris a punto de caer el cielo de la tormenta, llega a la base el ingeniero a cargo, donde daba orden para salir a las vías nuevamente a las catorce horas del mismo día donde había regresado luego de largas horas de viajar, a lo que me tuve que negar, cansado donde me correspondían 12 horas de descanso, me fui a mi habitación y me mandaron a buscar, ese día decidí no seguir trabajando, me llevé conmigo una muda de ropa y las licencias que me correspondían de varios años. Con tan solo 25 años de edad, maltratado y totalmente desgastado, concluí buscar un mejor vivir”.

Río Gallegos

Luego de un largo camino, Humberto decide plantarse en suelo nuevamente argentino, viniendo hacia la capital santacruceña y donde creció:

“Hotel Esperanza fue mi breve hogar por tres meses, estando en licencia del trabajo anterior; Comencé a buscar un trabajo, desde Río Turbio, a la ciudad de Río Gallegos, un día llega un hombre al hotel a comer, él trabajaba para la compañía Swift, se me acercó y me preguntó si lo conocía, a lo que yo admirado, no lo reconocí, él fue compañero mío de la escuela primaria a la que asistí. El viejo “Cañamito” fue quien me acompañó a preguntar al frigorífico Swift si habría posibilidad de conseguir un puesto laboral. A las 18:00 en punto, se presenta en la puerta el capataz, Carlos Vaccarelli, un buen hombre, le expliqué toda mi situación y me contestó simplemente “Todo se arregla, menos la muerte”.

Por mi parte, yo sabía hacer de todo, pero no podía agrandarme frente al capataz, me ofrecí con lo mínimo, subimos a la planta y éramos como 60 hombres, me mandó a ayudar a un viejito llamado Bonifacio y allí no pararía más.

Tiempo al tiempo, avancé con mi trabajo como peón especializado, me hice conocer entre compañeros. En el ferrocarril ganaba solo 350 pesos, no tenía futuro en absoluto. Cuando pedí la baja, me rebajaron a un pobre campesino, no sabían lo que iba a progresar a futuro.

Mi primer cobro en el frigorífico fue simplemente un gran cambio, pasé de 350 pesos a 59 mil pesos. Hice dos faenas y antes que terminen mis licencias, la casa donde vivo actualmente ya estaba terminada casi por completo, solo le faltaban las ventanas y parte del techo, un hecho.

 

Un mensaje a la juventud

Para finalizar el relato, creyó conveniente dejar un breve mensaje para nuestro futuro a todos los jóvenes en general y esto nos decía:

“Yo crie a mi familia para que sean responsables en la vida y que nunca les falte nada, mis hijos eran de todo, electricistas, carpinteros, trabajaban con azulejos, trabajos de plomería y demás. Uno de mis hijos fue policía y me lo llevó esta pandemia, pero siempre lo tendré presente, muy laburadores. Mi mensaje para la juventud es que el mejor remedio que puede tener uno es trabajar y ser una persona totalmente sana, donde no debe existir la joda las veinticuatro horas. Hoy estamos, mañana no sabemos, hay que pensar en nosotros mismos, pero también en nuestros seres queridos”.

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