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Historias desobedientes

El pasado con familias genocidas que gestó un presente de Derechos Humanos

Javier Vaca actualmente vive en Río Gallegos pero transitó su infancia y adolescencia en Rosario donde se formó en Ciencias Políticas. Tras años de conflictos, distancias dolorosas, silencios y atar cabos reconoció el papel de su padre en la última dictadura cívico militar. Hoy resignifica su historia para trabajar por la Memoria, Verdad y Justicia.

  • 24/03/2019 • 09:51
Javier Vaca contó su historia a TiempoSur.
Javier Vaca contó su historia a TiempoSur.

En 2018, con su padre ya fallecido, empezó a preguntarse qué había pasado, ató cabos sueltos y se unió al colectivo Historias Desobedientes, que nuclea a familiares de genocidas y cuyo lema es “No Nos Reconciliamos”.

Allí encontró el impulso que le faltaba para poder hablar y contar una nueva perspectiva en materia de Derechos Humanos. “Lo que pasaba dentro de la casa de un genocida y que generó la muerte de inocentes, que persiguió, torturó y su padre tuvo participación necesaria en este oscuro proceso histórico” que expresó Vaca, brinda una nueva perspectiva en materia de derechos humanos.

Todo comenzó en El Chaco- El grupo llevaba un año de trayectoria, se conformó tras el fallo de la Corte Suprema conocido como “2x1” brindando beneficios para las causas de lesa humanidad en mayo de 2017. “Al día de hoy hay gente que mira para el costado. Los procesos son lentos, contradictorios y progresivos” comentó y expresó sus ansias de marchar el 24 de Marzo, militando para que el terrorismo de estado no suceda “Nunca Más”.

La historia empezó mucho antes. Hace 51 años en Chaco nació el investigador y extensionista, donde su padre comenzó su carrera militar. Dos años más tarde en Buenos Aires su padre hizo la carrera de inteligencia en el Ejército Nacional. Con una profesión donde la reubicación es moneda corriente, el próximo destino fue Rosario donde pasó toda su infancia. Los 70s fueron felices y prósperos en la familia, en compañía de sus dos hermanas mayores y sus padres. Vaca se recibió de Lic. en Ciencias Políticas en la universidad de la región y al poco tiempo fue convocado por la Universidad Federal de la Patagonia Austral, que años más tarde se convertiría en la UNPA.

En 1993 San Julián se convirtió en su nuevo hogar, donde continuó su desempeño profesional y formó su propia familia. Actualmente es el Director Provincial de Ciencia y Tecnología en la capital santacruceña y dicta el seminario de responsabilidad social en donde se tocan temáticas como pobreza, niñez y género.

“Era todo normal, una familia militar, no había demasiadas novedades” retrató Vaca. El proceso de reconocimiento de la labor de sus padres en la dictadura fue paulatino y doloroso pero liberador. El rol represor no coincidía con el paternal en este contexto pero comenzó a hacerse evidente cuando en su juventud se interesó por las Ciencias Políticas, estudio al que pudo acceder gracias a la intervención de su madre. El leía y su padre pertenecía a las fuerzas que quemaban libros, 24 toneladas en total de los 2818 días que duró la última dictadura cívico militar eclesiástica.

“Yo estudiaba para poder hacer relaciones internacionales” manifestó Vaca.

Conflictos constantes- Durante la formación universitaria comenzó su militancia en el Partido Socialista Popular de Santa Fe y con ella la rotunda desaprobación de su progenitor. “Las discusiones eran muy feas hasta que en una oportunidad me dijo que había estado persiguiendo socialistas y comunistas”. Los conflictos se hicieron constantes y Javier llegó a manifestarle que tener un hijo con este pensamiento fue su castigo, inclusive cuando él mismo cumplió el servicio militar obligatorio en 1983. Este año tenía el peso de los 649 fallecidos en el combate de la Guerra de Malvinas.

Por un lado Javier identifica a sus padres como cariñosos y comprensivos, reivindicando todas sus enseñanzas y memorias. Pero el panorama cambió cuando entendió que quien le dio la vida también propiciaba muertes, participando de la logística para secuestrar a jóvenes militantes o sindicalistas. Él identifica a los desaparecidos, torturados y violentados durante esta oscura etapa histórica como gente comprometida social, política y económicamente y a su padre como a un militar con ánimos de destrucción de este panorama.

“Las órdenes y grupos de tarea salían de ahí” lamentó. Los meses siguientes vinieron acompañados de silencio y distancia. La intensidad y ánimos de pelea bajaron con la mudanza Javier al Sur. Como mecanismo de defensa, evitó recordar muchos elementos que contraponen su ideología en materia de derechos con los crímenes de lesa humanidad de los que formó parte su padre. “Hace un año abrí una puerta que tenía cerrada en mi memoria, lo llegué a hablar con mi vieja antes de que falleciera de cáncer” explicó. Su madre pidió no hablar de las épocas oscuras, los años y la salud ya pesaban.  

No reconocieron las atrocidades- El rol de los Servicios de Inteligencia en el Segundo Cuerpo de Rosario fue clave en el proceso dictatorial. El doloroso camino de reconocer a su padre como genocida y no seguir sus pasos fue ver dos caras de una misma moneda. Amigos de su progenitor portaban causas de crímenes de lesa humanidad en juicios rosarinos. “Claro está que ninguno de ellos, ni los jefes de mi padre entre ellos Galtieri quisieron reconocer las atrocidades que hicieron. Nunca se arrepintieron” expresó. Las caras conocidas bajo causas de tortura y muerte resultan una herida abierta para muchos argentinos.

Levanta la bandera de los 30 mil- El protagonista de esta historia desobediente encontró en la organización independiente el vértice para acercarse sin vergüenza a Abuelas de Plaza de Mayo y fomentar la búsqueda de los 490 niños y niñas nacidas en cautiverio, cuyo trabajo incansable ha facilitado que 129 personas recuperen su identidad.  Actualmente, en vísperas del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, Javier repudia el accionar de las Fuerzas Armadas, incluyendo en el rechazo a gendarmería, policía y prefectura, con el intento de desmantelar a la red de trabajo conjunto para la represión social y política. Hoy levanta la bandera de “30.000 mil razones” desde una identidad resignificada que reivindica los estados democráticos.