Columna

La prueba de ácido

Por Rubén Zárate. 

Rubén Zárate
Rubén Zárate
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Estas elecciones tienden a ser una prueba de ácido para el Gobierno nacional y para el frente político que lo sostiene. Lo que se inició como un cuestionamiento a la capacidad semiótica del presidente en la campaña, va derivando vertiginosamente hacia un intento de objetar la eficacia del Frente de Todos para sostener el programa político sobre el que se fundó y le permitió ganar las elecciones en 2019.

Discursos virulentos y estabilidad electoral

La campaña se va calentando, pero más allá de la pirotécnica mediática, las tendencias que van definiendo el escenario electoral en el país y en cada una de las provincias argentinas parecen ser bastante sólidas. Si bien los resultados electorales se verifican cuando se contabiliza el último voto, todo indica que en el parlamento las relaciones de fuerzas no sufrirán grandes alteraciones.

Si bien en la cámara alta parece ser un poco más difícil para el oficialismo analizando provincia por provincia, no es aventurado sostener que el Frente de Todos difícilmente termine con menos de 38 bancas en el Senado, que son las necesarias para obtener el quórum. Es decir, aun cuando puedan crecer levemente la cantidad de senadores de Juntos por el Cambio y de las fuerzas provinciales la iniciativa legislativa seguirá siendo oficialista.

En Diputados, al contrario, parece que el Frente de Todos podría crecer levemente, pero aun así difícilmente pueda alcanzar quórum propio, que solo se logra con al menos 129 bancas. Enfrente, aún los más optimistas de Juntos por el Cambio sostienen que es posible que pierdan unas bancas a manos de terceras fuerzas, pero saben también que esto no afectará su liderazgo en la oposición.

Este escenario de cierta estabilidad electoral, reconocido por los estrategas de campaña en las mesas de arena de cada uno de los campamentos políticos, se asienta en una buena cantidad de estudios sobre desempeños electorales, tanto de empresas consultoras nacionales como internacionales. Esto último no es un dato menor, en un contexto regional de creciente inestabilidad de los países, Argentina ha pasado a ser un territorio apreciado justamente por esos signos de estabilidad del sistema político.

Ante este escenario, se puede sostener con sobrados argumentos que el nivel de virulencia que viene adquiriendo el discurso de Juntos por el Cambio, en particular los ataques contra el presidente, no son consistentes con estos análisis que cuentan sus estrategas de campaña y sobre todo con los resultados electorales que esperan.

Podría alegarse que estas posiciones, que incrementan hasta la exasperación los cultores de la grieta, son necesarias para limitar la fuga de votantes por derecha, pero el reciente elogio de Macri a Milei y el cuidado que tiene con Espert niega esta hipótesis de plano y agrega otras más inquietantes sobre el diseño de la derecha para el 2023, cada vez más asentada en la antipolítica. 

El contrario puede sostenerse que el tono general del discurso de la campaña instalado desde el Frente de Todos, basado en la consigna ¨la vida que queremos¨ tiende a ser más adecuado al escenario electoral y a la sensibilidad social en pandemia.

Acelerar y salir jugando

En la aceleración, la disputa de sentidos más profundos sobre los proyectos de país desborda la elección, esto afecta hacia afuera y hacia adentro de cada fuerza política. Los medios incrementan la incomodidad del oficialismo, pero no es menor lo que ocurre en la oposición donde más de un dirigente se debe estar preguntando si van a poder conducir el crecimiento de la antipolítica en los medios, la calle y en el Congreso.

El exabrupto de Jorge Asís evocando ¨Ascochinga¨ es un error de análisis producto de la ansiedad de los operadores pero explicita esas zonas oscuras de la democracia actual. En este contexto la definición del Ministro de Hábitat y Desarrollo Territorial, Jorge Ferraresi, asegurando ¨nuestro proceso político es de 8 años de Alberto Fernández¨, fue eficaz porque unificó en una sola frase los apoyos internos que ya habían realizado los principales dirigentes oficialistas y puso horizonte en 2023.

En esta crisis, el conjunto actuó más rápidamente que el núcleo presidencial. Esto es una lección para el Gobierno y una novedad para la tradición peronista acostumbrada a la creación del orden desde la centralidad y el liderazgo. Los analistas que estos días enfatizan la debilidad presidencial siguen sin mirar el conjunto ni leer a Laclau.

Los golpes contra Alberto Fernández no buscan debilitarlo como presidente, sino que buscan destruir lo que él representa como punto de equilibrio en el Frente de Todos, en este sentido la lectura de la crisis y la decisión de renovar la tesis fundacional es lúcida, el único bien a tutelar sigue siendo la unidad que garantice la construcción de mayorías, imprescindible para gobernar eficazmente esta democracia plebeya.

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