Arte corporal

“Yo no encontré el tatuaje, sino que el tatuaje me encontró a mí”

Fueron las palabras del tatuador y artista visual Ezequiel Fraccarolli que dialogó con TiempoSur sobre sus encuentros con el mundo del arte en el Sur.

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Ezequiel nació un 3 de marzo de 1997 en Capital Federal, Buenos Aires, pero se considera sureño, como sus creaciones. Un par de años más tarde se mudó a Río Gallegos donde creció jugando con plastilina y dibujando con cualquier cosa, sobre cualquier cosa. “Ligué unos retos”, confesó entre risas, pero su necesidad de dibujar y pasear por la ría es lo que más recuerda de su niñez.

“Lo que fui aprendiendo lo fui haciendo solo, con un montón de errores”, explicó sobre su adolescencia desde los márgenes del aprendizaje académico del arte. Después de asistir a un taller de pintura, se anotó en el Profesorado de Artes Visuales. Considera el aprendizaje como un ejercicio constante, pero en IPSA descubrió entre otras cosas, que es daltónico.

Árboles, flores y animales, se conjugan con personajes de series populares reversionados y criaturas mágicas para darle vida al arte que dibuja Ezequiel. “Me gustan mucho los elementos relacionados con la naturaleza y ese enfoque de naturaleza pura, sin intervención humana”, apuntó. Cada vez que se encuentra con una hoja en blanco lo hace con deseos de expresión, por lo que su proceso creativo es tan variable como sus ganas de dibujar.

También son diversas sus técnicas. Tuvo una época en la que sus pinturas eran explosiones de color, otras en las que decidía hacer murales en las calles con aerosoles y stencils y otras en las que utiliza sólo una lapicera negra. “Me gusta crear con algo tan básico, está buenísimo dibujar con materiales súper caros pero me gusta la accesibilidad de un cuaderno normal y un lápiz y me acostumbré a eso. Es bastante austero mi dibujo”, agregó.

Empezó a vender sus creaciones gráficas cuando participó de la primera Feria del Libro Independiente Autogestiva en 2017. “Las FLIAS me hicieron darme cuenta que mis dibujos eran lo que tenía para mostrar y me animé a no sentirme conforme nunca con ellos”, comentó, destacando su obsesión con el detalle, que gracias a la acción colectiva no fue un obstáculo para profesionalizar sus expresiones.

En un principio no se animaba, no sabía qué precio poner hasta que “entendí que hay mucha gente acá haciendo y vendiendo cosas y está bueno ya que además de compartir e intercambiar formas de ver las cosas retroalimenta las ganas de hacer”, explicó.

Del lápiz a la tinta

La aventura de aprender a llevar sus creaciones de una hoja a un cuerpo empezó con su propio gusto por los tatuajes. “Yo no encontré el tatuaje, sino que el tatuaje me encontró a mí”, recordó. Su primer tatuaje iba a ser, supuestamente, a sus doce años, pero le dio tanto miedo que lo postergó hasta que cumplió quince. “Y me empezó a gustar y pensaba que me encantaría pero no me consideraba apto. No quería copiar el trabajo de otras personas”, explicó. En este proceso todavía buscaba su estilo de dibujo.

Hace cuatro años decidió experimentar con amigos y pinchándose a sí mismo y desde entonces nunca paró. “Empecé a invertir y a hacer trabajos baratos, cosas simples que estaban a mi alcance porque no quería hacer escraches tampoco y un montón de gente empezó a querer tatuarse conmigo”, dijo Ezequiel, explicando que nunca planeó dedicarse profesionalmente al tattoo. Hoy se considera aprendiz de tatuador.

Sus trabajos tienen marca registrada. Dibuja y ofrece sus diseños en redes sociales y en caso de que alguien sugiera alguno, lo rediseña para que tenga su estilo. “Solo se tatúa una vez, creo que el diseño tiene que ser especial para esa persona y que no sea una fotocopiadora humana”, sentenció. El artista identificó que muchos tatuadores en la capital de Santa Cruz necesitan espacio para crear desde sus subjetividades.

Identificó al tatuaje como un lugar de encuentro. Una de sus experiencias más gratificantes es tatuar con significados fuertes. “A veces no me doy cuenta que la gente va a elegir hacerse algo en la piel para toda la vida”, reconoció y celebró también el encuentro entre los profesionales de las agujas y la tinta.

Ezequiel disfruta habitar todos los espacios de intercambio artístico. “Las personas que intentamos hacer arte tenemos que nutrirnos de todo, hay distintas ramas pero el arte es uno. Hay mucha gente acá que hace cosas increíbles, el tema es que el frío nos aleja un poco, somos bastante ermitaños y a veces cuesta salir de la cueva”, concluyó.

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