Sociedad

Tareas de cuidado compartido, una discusión necesaria

Por Paola Vessvessian. 

Paola Vessvessian.
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A nadie escapa que vivimos en una sociedad atravesada por múltiples desigualdades e injusticias enmarcadas en una realidad compleja. Algunas son muy evidentes que no dependen solo de cuestiones geopolíticas, mientras que otras son “naturalizadas” hasta hacerse casi imperceptibles.

En su gran mayoría, ellas están socialmente determinadas y se reproducen intergeneracionalmente, como sucede con las familias que viven en la opulencia y también con las que apenas sobreviven.

Avanzar hacia una sociedad en que las oportunidades se igualen para todas, todos y todes, es el objetivo que nos orienta a la mayoría de quienes, en algún momento de nuestra vida, abrazamos la militancia como un compromiso permanente basada en las vinculaciones humanas de oportunidades y en el reconocimiento de derechos.

Y este combate a la desigualdad, debe hacerse extensivo también a aquellas modalidades más sutiles, que generalmente se desarrollan al interior de los hogares, re-pensando patrones culturales que determinen un cambio social.

Desde hace siglos, estamos inmersos en un modo de relacionarnos que lleva implícita una “división sexual del trabajo” por la que los varones deben dar cuenta del estereotipo del proveedor, papel que se juega en el mercado de bienes y servicios, mientras que las mujeres del de ama de casa, rol que se asocia al ámbito doméstico.

Simultáneamente, por el predominio de los valores económicos imperantes en la sociedad de consumo, se ha devaluado al trabajo doméstico y los trabajos de cuidados (e incluso la función reproductiva), como si no fueran un aporte socialmente relevante, ni implicaran esfuerzos para quienes los o las desempeñan.

La irrupción masiva de las mujeres en el mundo del trabajo remunerado no cambió sustancialmente la distribución de responsabilidades al interior de los hogares, determinando una doble carga laboral: la que se hace en el mercado a cambio de un ingreso y la que se realiza “ad honorem” en el interior de los hogares.

En el año 2013 se realizó la primera encuesta nacional sobre el “Uso del Tiempo y el Trabajo No remunerado” que permitió medir cuánto tiempo de trabajo insumen las labores domésticas y de cuidados, y cómo se distribuye esa responsabilidad.

Los resultados son elocuentes: las mujeres aportan el 75,6% de ese tiempo mientras que, en el trabajo remunerado, sólo participan en el 33,6%.

Cuando se suman las horas del trabajo en el mercado con las aplicadas al ámbito doméstico, se verifica la doble carga, ya que las mujeres aportan el 56,3% del total de horas trabajadas.

Yo creo que es fundamental la revaloración de estas tareas, especialmente las de cuidados, ya que no da lo mismo quienes las ejerzan. La familia como núcleo básico de la comunidad y ámbito de desarrollo de las personas individualmente, tiene un valor que excede al económico y que resulta insustituible, especialmente para las infancias y para quienes requieren especiales cuidados.

Pero también estoy convencida de que al interior de los hogares debemos modificar la distribución de roles y democratizar las responsabilidades. No solamente para corregir las desigualdades de hoy, sino para no reproducirlas hacia el futuro.

En la encuesta que les citaba, podíamos ver que no había diferencias entre las edades, lo que nos indica que las generaciones más jóvenes replican los mismos modelos. Y ello se percibe incluso en los estudios sobre el trabajo infantil, en los que aparece que cuando los niños hacen alguna tarea laboral, tiende a ser remunerada, mientras que las niñas con ocupaciones tienden a estar centradas en el cuidado de otros miembros de su familia.

Hemos avanzado mucho en la igualdad de géneros en nuestro país, incluso en el nivel de las más altas representaciones.

Una mujer electa dos veces como Presidenta de la Nación, nuestra gobernadora, Alicia Kirchner, también fue elegida en dos períodos consecutivos y nos acercamos a la paridad de géneros en el Congreso Nacional.

Sin embargo, no hemos cambiado sustantivamente esa “división sexual del trabajo” a la que nos referíamos.

Es necesario un gran cambio cultural para lograrlo, desafío que es común a todos los ámbitos de la vida social. También en el de las legislaciones que tienden a perpetuar los estereotipos que debemos modificar.

Hace muy pocos días, en la Cámara de Diputados de la Nación, dimos un paso trascendente en ese sentido al dejar explícito en el “Régimen legal del contrato de teletrabajo” al que dimos sanción, que debe contemplarse la compatibilidad con las tareas de cuidado para quienes tengan a su cargo el cuidado de personas menores de trece (13) años, personas con discapacidad o adultas mayores que requieran asistencia específica.

Desde esta misma mirada seguiremos revisando la normativa vigente con perspectiva de género, para transformarla a favor de la conciliación de la vida laboral con la familiar y personal, porque es una necesidad de todas y de todos.

Yo guardo la esperanza de que estos inusuales días en los que, mayoritariamente, debimos permanecer en nuestros hogares, nos hayan permitido reflexionar y tomar dimensión de las implicancias del trabajo doméstico y de cuidados, intentando todos los días construir desde la igualdad.

Ello ayudará a que mujeres y varones compartamos una vida con base en la colaboración y el compañerismo, cimentando los valores de la solidaridad y la cooperación para el bien común.

¡Que así sea!

Paola Vessvessian, Diputada Nacional por Santa Cruz


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