Coronavirus

Patagonia sin barbijo

Esta postal futurista, arrancada de la ciencia ficción, de gente caminando con la boca tapada y la cabeza gacha, mirando con recelo por arriba del marco de los lentes, esta postal futurista..., los Patagónicos, ya la conocemos.

Sergio Pérez
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*Por Sergio Pérez, escritor, documentalista.

 

El 21 de junio de 1991, el volcán Hudson en la región de Aysén, en la república de Chile, entró violentamente en erupción causando una catástrofe natural y económica sobre la Patagonia Argentina.

En agosto de ese año, el macizo chileno marcó su pico máximo eruptivo llegando a alcanzar la columna de ceniza, los doce kilómetros de altura.

Los vientos predominantes del oeste, se encargaron de transportar rápidamente minerales volcánicos que tapizaron toda la superficie de la Patagonia austral.

Patagónicos, les presentamos, oficialmente..., al barbijo.

Acostumbrados a respirar detrás de las bufandas y los cuellos de los camperones, los Aonikenk (gente del sur en Tehuelche), incorporaban esta nueva prenda de vestir para salir de sus casas.

Hasta diciembre duró la furia del Hudson.

En Buenos Aires, los periodistas de la televisión mostraban, pasando el dedo sobre los autos, la fina capa de ceniza que llegaba desde el sur, mientras en los campos de Santa Cruz y Chubut, el material piroclástico depositado sobre el terreno, llegaba a alcanzar el metro y medio de altura.

Un millón de cabezas de ganado murió después de la erupción del Hudson, dejando secuelas en el sistema respiratorio, la piel y los ojos de los habitantes sureños.

La destrucción de la flora y la supresión del crecimiento vegetal a causa de los depósitos, enmascaró la geografía de la Patagonia por años, lo que potenció la erosión eólica.

Sumado a las sequías y las grandes nevadas, el Hudson firmó el certificado de defunción de la explotación ganadera ovina en la Patagonia.

 

Después vinieron otros de menor impacto. El Chaitén, Villarica y Llaima en Chile, y el Domuyo y Copahue en la cordillera Neuquina.

Ahora..., el COVID 19, nos vuelve a encontrar aislados, y con la boca tapada.

La pregunta de rigor en estos días, en la región, es: ¿Cómo salimos de ésta?

Como siempre, apelando al ingenio y al trabajo de los Patagónicos.

Pero quizás, esta vez, no alcance. 

Los recursos esquilmados, la baja rentabilidad y la depresión económica planetaria, jaquean la economía de la Patagonia, y es ahora cuando volverán con mayor ímpetu, algunas aspiraciones de gobernantes y políticos que plantean la mega minería y la radicación de plantas nucleares, fundamentalmente en las provincias de Chubut y Río Negro, como una alternativa válida para salir de la crisis.

La zona andina, y la meseta central Chubutense, viene sufriendo desde hace años, las pretendidas intenciones de empresas internacionales que ven con avaricia, los recursos mineros de la región, contando en su momento con el apoyo explícito del entonces gobernador José Luis Lizurume.

 

El 23 de marzo de 2.OO3, los vecinos de Esquel concurrieron a las urnas en una votación sin precedentes para el país, donde el ochenta y uno por ciento de los ciudadanos, se manifestaron contrarios   a la explotación de una mina de oro y plata, en las afueras de la ciudad.

Cada tanto, el fantasma de la mega minería sobrevuela los pasillos de la casa de gobierno en Rawson, tentando a los políticos de turno con "propuestas" faraónicas, poniendo en alerta a los vecinos que se encuentran en estado de asamblea permanente.

En Río Negro, el exgobernador Alberto Weretilneck y el entonces senador Miguel Angel Pichetto, iniciaron gestiones con empresarios Chinos para construir una central atómica en la localidad de Sierra Grande. Nuevamente, la Patagonia reaccionó manifestándose en contra de este proyecto, que contaba además con el apoyo del intendente local y las fuerzas vivas de la ciudad, que veían a este emprendimiento como la solución a la compleja situación laboral que atraviesan luego de la paralización de la explotación de hierro en las minas de la ex HIPASAM (Hierros Patagónicos Sociedad Anónima Minera).

 

En realidad, estos proyectos son para Patagonia, pan para hoy, y hambre, muerte y desocupación para mañana.

La sociedad en su mayoría, se oponen a estos parches, que, si bien generarían empleo e ingresos económicos en lo inmediato, sumirían a la Patagonia, en un futuro no muy lejano, a una debacle definitiva, arrasando su potencial turístico y humano, y contaminando, para siempre, un recurso vital, escaso y valioso como el agua.

Tenemos la boca tapada, pero no impedirán que gritemos.