Basquet

Llaryora está feliz

Hace poco más de un año que se fue a vivir a Italia. Lo hizo con menos de 30 abriles y un espíritu inquieto. Fue en busca de aventuras y enseñanzas. A perseguir sueños e intentar ser feliz. Cree haber encontrado la fórmula y estar cumpliendo con eso que se propuso. Se trata de Juan Cruz Llaryora. Este joven, con pasado en Boxing Club e Hispano Americano, entrena hoy un equipo de chicos en el Hippo Básquet Salerno. Además, juega en la Primera local. Está dónde quiere, cómo quiere y habló con TiempoSur.

Jugando en la Primera local.
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En estos tiempos, encontrar un mensaje positivo resulta una tarea más que difícil. Pero a la vez, el hacerse de estos ejemplos felices y esperanzadores también es necesario. De ahí, entonces, la intención de muchos de hurgar intentando encontrar esa aguja en el pajar. Como para creer, sin tomar distancia de la realidad, que también hay luz al final de todo este camino. La que dan esas historias. Como ésta, la de Juan Cruz Llaryora. Alguien que durante su juventud supo pasearse por esta ciudad. Creció y se desarrolló física e intelectualmente por estas calles y estos barrios. También supo jugar al básquet. Lo hizo en el Boxing Club, primero, y en el Hispano Americano, después. Al finalizar su etapa de estudiante secundario, viajó a Buenos Aires para continuar con su formación. Tanto educativa, hizo el profesorado de educación física en el instituto Dalmacio Vélez Sarsfield, como deportiva, jugó en Villa Mitre y Scholem Aleijem. Siempre en Buenos Aires. Al siguiente paso lo dio también en la metrópoli porteña. Se inició laboralmente en una escuela y también en un par de clubes. Hasta ahí, la vida parecía tener sentido. Al menos de la manera en la que la conocemos todos. No fue así para él. Un día, Juan Cruz empezó a proyectar su futuro. Y la imagen que dio dicha proyección no fue del todo de su agrado. Es que él, con un espíritu inquieto, sentía la necesidad de conocer la parte de la vida que le faltaba. Para así autodescubrirse y poder llegar al momento de tener que elegir pasar a la etapa de su aburguesamiento social, laboral y afectivo, con un abanico mayor de posibilidades. Habiendo vivido y sentido muchas y diferentes cosas. Pero, siendo feliz con su decisión y con él mismo. Sin nada que reprocharse. Juan Cruz se animó a salir de su zona de confort. Que, a decir verdad, ya no lo era tanto. Ahora tal vez sí, porque está descubriendo cosas. Algunas buenas y otras no. Está creciendo. Haciendo realidad sus sueños. Con absoluta felicidad.  

 

-¿Hace cuánto que estás viviendo en Italia? ¿En qué parte estás exactamente?

Mi viaje empezó el 27 de marzo de 2019. Hace un par de semanas cumplí un año desde que estoy en Italia. Ahora me encuentro en Salerno, cerca de Nápoli.

-¿Cómo fue que surgió el viaje?

Como un sueño. Literalmente lo digo. Un día me desperté a la mañana y dije Italia. Nunca había estado así. No sé si lo que soñé era Italia o no, pero fue la primera palabra que se me vino a la cabeza apenas abrí los ojos. Desde ese momento empecé a hacer las averiguaciones por los temas legales para residir en Europa sin problema y me enteré que podía hacer la ciudadanía europea porque mi abuela era italiana. Cuando averigüé la cantidad de tiempo que tardaba hacerla en Argentina, tomé la decisión de viajar directamente a Europa para tramitarla acá. Más que nada por un tema de tiempos y de acelerar los procesos para obtener la ciudadanía. 

 

-¿Por qué decidiste hacerlo?

Había entrado en una meseta, social y laboral. Que no se malentienda, siempre tuve personas excelentes y excepcionales alrededor y trabajos estables en el rubro que me gusta. Era un tema totalmente personal donde cada día que pasaba tenía un poco más ese pensamiento de: ¿Ya está? ¿Siempre va a ser lo mismo? ¿Y afuera cómo es? Hay muchas personas que están durante 30 o 40 años en el mismo trabajo o en el mismo lugar. Para mí, eso es algo admirable. En lo personal, creo que me faltaba y mi cuerpo me estaba pidiendo un poco de aventura en la vida. Por lo menos antes de entrar en ese estilo de vida. Salir, conocer, tener incertidumbre, algo de adrenalina también, movimiento y fundamentalmente emoción. Tuve la suerte de crecer en una familia en donde nunca me faltó absolutamente nada y, seguramente, esta locura no hubiese sido posible sin sentir a ellos apoyándome desde el vamos. Además tenía el empujón de mi hermano que con 23 años se fue a recorrer América completa en combi, con un proyecto que tuvo con amigos y al cual llamaron “Los Profes por América”. Ese hecho también me movió demasiado en el sentido aventurero. Sí, lo sé, nuestros viejos están chochos con nosotros y nuestras ideas.

 

-Ahora estás en un club, como entrenador. ¿Qué tal esa experiencia?

Ya puedo decir que formo parte de la familia Hippo Basket Salerno, una sociedad que desde el primer mensaje de Facebook se puso en contacto directo conmigo dejándome entrar a los entrenamientos y aprender con ellos todos los días. Es destacable la amabilidad que existe en todos los eslabones que tiene, como yo la llamo, esta familia. Sean niños, padres, jugadores, entrenadores, asistentes y hasta el mismo presidente. Desde el día uno, fui Juanito y uno más de ellos. 

Empecé en mayo del 2019 a asistir a los entrenamientos desde la categoría “Pulcini” (“Pulguitas” 4 y 5 años) hasta los U-14. En ese tiempo iba todos los días y participaba de al menos un entrenamiento. Sí, desde el primer día confiaron en mí y me metieron en la cancha a ser un profesor más, a la par de cualquiera de los que estaban ya hace años. Ahora estoy particularmente con el Minibásquet y más que nada con las categorías Pulcini (4, 5 y 6 años), “Scoiattoli” (7 y 8 años) y “Aquilotti” (9 y 10 años). Además hago de asistente en una división más grande, la U-15.

 

-¿Es ésta tu primera experiencia como entrenador o ya habías tenido alguna otra?

En Argentina siempre había estado de profesor en la escuela de básquet del club Shcolem Aleijem, en Buenos Aires. También estuve trabajando en el club Náutico Hacoaj. En ambos casos me tocó dirigir categorías en dónde no hay torneos competitivos sino más bien encuentros deportivos durante diferentes fechas del año. Además, trabajaba como profesor de educación física en el colegio Lange Ley. Tanto en Jardín como en Primaria.

 

-Además de entrenar a los más chicos, estás jugando, ¿no?

Sí, estoy jugando también para la Hippo Basket Salerno el torneo regional promocional. Si te tengo que ser sincero no le doy mucha importancia a los calendarios o torneos, la idea era llegar a un equipo, hacer de esa experiencia algo más social como para empezar a conocer personas y tener un sentido de pertenencia a algo. Para mí lo más importante son las comidas post entrenamiento o partido. Obviamente, en el 99,9% de las veces lo que comemos son pizzas. Más allá del chiste, uno cuando entra a la cancha lo hace para ganar. En el torneo veníamos terceros en la tabla con muchas chances de ascender después de haberle ganado al primero invicto. Pero se cancelaron todos los torneos de este año, por lo que el ascenso tendrá que esperar.

 

-¿Cómo llevás ese doble rol que tenés en el club?

La verdad es que es hermoso. En los días de partidos de local, y cuando los chicos pueden ir a vernos, se puede sentir el calor desde la tribuna. Los profesores que jugamos en el equipo podemos sentir un apoyo especial. Somos lo que están con ellos todas las semanas y por ese motivo, el vínculo que logramos con nuestros jugadores es muy lindo y a la vez bastante difícil de explicar. Compartimos tanto tiempo y tantas situaciones de todo tipo, que cuando vienen a alentar a los “profes”, que seríamos nosotros, la verdad es que se siente el cariño. Y se agradece.

-¿Qué te gusta más, ser jugador o entrenador? ¿Por qué?

No hay manera de elegir. Elijo el básquet, en todas sus facetas. En todas las canchas del mundo se juega el mismo básquet, el mismo deporte, todos manejamos el mismo idioma, durante el juego nos vemos reflejados por cómo somos también fuera de la cancha, te gusta tomar decisiones, te gusta jugar en equipo, un pase antes que un punto, festejar un robo y defender tu aro. Se trata de conocer al otro a través del deporte y eso lo puedo lograr siendo jugador con mis compañeros técnicos, como siendo entrenador y conocer a los más chicos durante su crecimiento.

 

-¿Cómo te la estás arreglando con el idioma? ¿Sabías italiano?

¿Saber? Hice dos meses de curso intensivo en la Dante Alighieri. Me metieron una cantidad de información en la cabeza que no la podía ordenar. Salía de las clases y me iba a dar clases de Jardín con los nenes de dos años. Algunos todavía no hablaban y yo les estaba hablando en un italiano. Desastroso lo mío. Imagínate lo que eran esas clases. Intenté aprenderlo antes, obviamente dos meses no son suficientes y terminé chocando con la realidad, directo a los bifes. Por suerte, la madre de uno de los entrenadores (ahora jubilada) fue profesora de italiano, así que iba dos veces por semana a charlar con ella y a que me enseñase el idioma. Además, claro compartía comidas y anécdotas. En mi opinión, ese fue el momento en el que más aprendí. Me pasaron algunas cosas divertidas al comienzo con el idioma. Es gracioso para mí, por ejemplo, cuando los chicos me corrigen durante el entrenamiento. Apenas termino de dar una consigna siempre se acerca uno y me corrige una conjugación de algún verbo que dije mal. Y ni hablar de verles las caras cuando les hablo español con nuestros modismos, imperdible. Es divertido y a la vez frustrante. “Mamma Mía”. Una vez que pensás que aprendés italiano te empezás a cruzar con los “primos” del idioma, los dialectos. Cada ciudad o pueblo tiene el suyo, ni entre dos ciudades italianas diferentes se entienden. Imaginate entonces lo que está siendo para mí el tema del idioma.

 

-Italia es uno de los países más afectado por el Coronavirus, ¿cómo lo estás viviendo personalmente vos?

En casa, como deberíamos hacer todos. Tomando las precauciones que dicen los profesionales. Ocupándome en vez de preocupándome. Por suerte, la gente del club está muy atenta a cómo la estoy pasando. Saben que estoy solo y todos los días me preguntan cómo estoy y si necesito algo. Mantengo la cabeza ocupada y creo que eso es lo que está haciendo que pueda sobrellevar el momento.

 

-Hay ciudades que están verdaderamente complicadas porque tienen muchos casos. ¿Cómo es en la que estás vos?

Salerno queda en el Sur de Italia. El virus ha llegado a la ciudad pero no con la dimensión que ha tenido en el Norte. Aquí llegó más tarde, y algunas medidas ya se habían tomado, pero no quita que hay que seguir atento a todos los movimientos que uno hace en el día a día.

 

-¿Cómo era un día tuyo antes que se declarase la pandemia?

Levantarme a las 09:00, desayunar un café con leche con tostadas, trabajar desde la computadora, planificar las clases del día y a las 15:30 partir para el club. Ahí me quedaba después hasta las 23:00, hora en la que terminaba el entrenamiento de la Primera. Por suerte, pude hacerme un grupo de amigos también latinoamericanos que bastante seguido nos juntamos a descansar un poco del italiano y volver a hablar lo nuestro.

 

-¿Y ahora, qué es lo que hacés en tu casa para pasar el tiempo?

Creatividad al máximo. Además de seguir trabajando con algunas cosas desde la computadora, toco la guitarra, bailo en casa, desarrollo mi arte culinario, incursiono en la edición de videos y temas relacionados a la informática y sigo algunas capacitaciones online. Todo esto buscando, fundamentalmente, mantenerme mentalmente activo.

 

-¿Cómo es tu relación con el club, sobre todo ahora en tiempos de aislamiento?

Impecable. Mantenemos activa todo el tiempo la comunicación y seguimos trabajando de alguna manera. Sobre todo para mantener a las familias cerca. Hemos aprovechado las redes sociales para poder seguir en contacto con todos y, además, para brindarles opciones y actividades para que puedan hacer en sus casas. Empezamos en conjunto con los entrenadores de todas las categorías con videos de actividades más bien técnicas y físicas relacionadas con el básquet. Luego llegó el turno de las “Hippolimpiadas”, una competición virtual que involucra a todas las familias de la sociedad. Son desafíos muy divertidos hechos con materiales que se pueden encontrar en casa (cordones, broches de ropa, botellas, palos de escoba, medias) y que tienen 24 segundos para superarlas (tiempo que dura una posesión en básquet). Tienen que subir el video a las redes sociales y “taggear” a la Sociedad y “hashtear” #Hippolimpiadi. Al momento hemos recibido cientos de videos tanto de Salerno como de otras partes de Italia. Lugares donde familiares de los niños se comprometen con la actividad y se ponen también a hacer los desafíos sin importar las distancias. Y,  por último, lanzamos un juegos de mesa llamado “Hippopoly” (haciendo honor al famoso Monopoly) donde los chicos pueden imprimir el tablero y el reglamento para divertirse con la familia en casa, ganando partidos virtuales y superando pruebas técnicas y físicas. Divertidísimo todo.

  

-Tenés familia acá, ¿cómo es el contacto con ellos, con qué frecuencia?

Desde la cuarentena que la comunicación pasó a ser diaria. Antes del virus, quizás, hablábamos menos. Más que nada porque cada uno estaba mucho más ocupado en las horas del día. Pero ahora, el contacto es continuo y no solamente con la familia, también con amigos que hace tanto que no hablaba. Con ellos seguimos riéndonos como si el vínculo hubiese continuado y nos hubiéramos visto ayer.

 

-¿Qué es lo que más te gusta de allá?

Me gusta mucho encontrar las similitudes y las diferencias que tenemos entre las dos sociedades o países. Tenemos en Argentina una gran raíz italiana, y ver que acá, en el Sur del país, los domingos siguen siendo de familia, que la abuela sigue haciendo cantidades enormes de comida y no te vas hasta que estés repleto, me encanta. Me gusta saber que la leche va a salir lo mismo que el mes anterior. Me gusta saber que camino por la calle y llego a casa sin preocupación. Esta última fue una de las cosas más chocantes cuando llegue, una liviandad cerebral que debería ser normal. Hablo desde Salerno, igual, no podría asegurar que sea lo mismo en toda Italia. Lo que también me gusta mucho es la “mozzarella di buffala”. “Mamma mía”, es un manjar.

 

-¿Qué extrañás?

Obviamente tengo que empezar por la familia. Los momentos juntos, los abrazos y tenerlos cerca. También a los amigos. Pero, para mí, la comida tiene un protagonismo en esta pregunta que no te puedo explicar. Extraño no tener que calcular la yerba y bajar la ración en cada mate, los alfajores, nuestro helado, los asados y sus ritos con amigos y familia, nuestra pizza y, por supuesto, el dulce de leche. ¿Cómo es posible que en esta parte del planeta no se coma dulce de leche? En todas sus formas y dimensiones, digo, es algo que aún no lo puedo entender y no lo podré entender jamás. Levantar el “tubo” y pedir unas empanadas. También extraño eso.

 

-¿Pensás en volver o querés quedarte a vivir y hacer una carrera allá? ¿Cuál es tu sueño?

Por el momento, mi futuro es medio incierto. La verdad es que quiero volver, no puedo asegurarlo porque nunca se tienen las certezas de eso. Nunca imaginé estar en Italia en el 2020 y un mes encerrado por una pandemia, por ejemplo. Con lo cual, hablar de qué va a pasar conmigo y mi vida en el futuro se me hace imposible ahora. Pero lo que sí sé, es que la aventura está comenzando y me está gustando. Vengo a los tumbos de acá para allá y económicamente no estoy demasiado estable. De lo que no tengo dudas es de todo lo que estoy aprendiendo hasta acá. Y eso, por un lado, me deja tranquilo. Estoy viviendo una etapa de una cantidad infernal de cambios, de incertidumbres, de aprendizajes, que hace que el hecho del sueño vaya cambiando constantemente. Lo que sí puedo asegurar es que quiero ser feliz, por más trillado que suene. Sé cuáles son las cosas que me hacen feliz, como estar cerca del básquet, hacer reír a los demás y disfrutar a las familias del club. También compartir con personas una buena Coca Cola y hablando de la vida, darle un abrazo a mi mamá, sentarme a crear con mi papá, reírme con mi hermano, animarme y demostrarme que puedo hacer las cosas que me propongo. Esta etapa de mi vida tiene una adrenalina constante y mi realidad cambia día a día. Es en esas pequeñas cosas que me siento pleno verdaderamente. En esas fracciones de tiempo siento felicidad y es, también, en esos momentos que siento que estoy cumpliendo mis sueños.