Columna

La imagen que vale más que mil palabras

Por Rubén Zárate.

Rubén Zarate
Rubén Zarate
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“Saquen esta foto, esta es la foto de la unidad¨ dijo el Presidente Alberto Fernández en el acto en Ensenada. En el escenario donde pronunció esa frase tenía a su izquierda a la Vicepresidente, Cristina Fernández de Kirchner y a su derecha al Presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa.

Semiótica de la foto

La frase dicha en el marco de un discurso que anunciaba ¨la finalización de 55 mil viviendas que habían sido abandonadas durante el gobierno de Macri¨ adquirió fuerza semiótica por sí misma; en pocas horas se impuso a una agenda de medios que ha insistido en la presunta dificultad de la coalición para gobernar y ¨hacer política¨ en un año electoral.

El foco en esa imagen valoriza dos aspectos centrales de la política actual, la confirmación sobre la vigencia de la coalición de gobierno bajo la presidencia de Alberto Fernández y, simultáneamente, el valor de la unidad como aspecto central de la identidad del Frente de Todos para afrontar las elecciones.

El fondo de esa foto trae a la memoria el fracaso del gobierno de Macri en políticas públicas inclusivas y, fuera de sus bordes, una oposición que ha introducido niveles de hostilidad inusitados en medio de una pandemia que crece en contagios, muertes y secuelas, no solo sanitarias, por todo el mundo.

La oportunidad no es caprichosa, el fallo de la Corte Suprema tiene gravedad institucional ya que debilita la autoridad presidencial para manejar la pandemia e introduce una serie de conceptos que contradicen la letra sobre las que se asienta el federalismo argentino.

Era innecesario ante la caducidad del DNU cuestionado por Rodríguez Larreta, la decisión solo puede entenderse por una innegable intencionalidad política opositora de corto plazo y una ambición de mediano plazo destinada a operar como referente de otros poderes fácticos que han incrementado su hostilidad hacia el gobierno del Frente de Todos.

Más que un fallo es un mensaje de poder y su significado político ha sido interpretado de forma acertada por Alberto Fernández al responder que "no usen las sentencias para favorecer a sus candidatos, porque eso degrada al estado de derecho. El último recurso que tiene un argentino cuando ve avasallados sus derechos es ir a los jueces y si los jueces están al servicio de los poderosos, entonces estamos en el peor de los mundos".

La decisión de la Corte Suprema de intervenir no fue unánime. La Jueza Highton de Nolasco, luego de un profundo análisis de la jurisprudencia había señalado que “corresponde concluir que la Ciudad de Buenos Aires no es un sujeto aforado a la jurisdicción originaria de esta Corte”. Sus fundamentos, concordantes con las definiciones de la Procuración, basados en otros fallos de la Corte donde no corresponde a la competencia originaria del Tribunal, deberían ser valorados en su justa medida por los gobiernos provinciales. Quienes sostienen además una convicción federal deberían estar preocupados.   

Este proceso debe leerse como un crecimiento en la escalada de conflictos que impactan no solo al interior del AMBA sino que involucran aspectos más profundos que habrá que seguir con atención. Esto no debería extrañar, ya que el afán de sostener un modelo legal y económico con enormes asimetrías sociales y regionales solo puede motivar un mayor reforzamiento del centralismo.

Esta nueva fase de enfrentamiento de los poderes fácticos con un gobierno peronista solo puede explicarse porque algunas políticas públicas empiezan a afectar su manejo del poder e intereses económicos. Como otras veces en la historia el conflicto que emerge tiende a exceder la identidad de quien gobierna para involucrar a toda la democracia y esto, también como otras veces, requiere un fortalecimiento de la política en toda su dimensión.

En la coalición expresada en el Frente de Todos también se empieza a comprender más claramente el cambio de situación, resolver los desafíos que enfrenta el país sosteniendo la vocación transformadora que surge del programa de gobierno convalidado en las elecciones, va a requerir no solo consolidar el espacio referido en la foto, sino también ampliar la base de las alianzas para acotar los espacios en los que se sigue moviendo con comodidad la oposición de derecha.

Esto lo saben también muchos voceros del establishment. No es casual que junto al fallo de la Corte busquen imponer la idea, desde los medios de comunicación más concentrados, que Alberto Fernández carece de poder y apenas va a representar una débil expresión nostálgica del Frente Para la Victoria en estas elecciones.

Pero todos aprenden, y esta operación con la que la derecha inicia la temporada electoral es una pálida repetición de aquella que Néstor Kirchner denunció cuando dijo que ¨cuando nos dicen kirchneristas es porque nos quieren bajar el precio, porque nosotros somos peronistas".

Identidad, gobierno y coaliciones

Siempre subayace un problema ético en el nivel de intensidad de los conflictos que genera la política cuando involucra una explícita vocación democrática y transformadora de la sociedad, asentada además en legados exigentes de justicia social, independencia económica y soberanía política. A veces priorizar solo los principios puede llevar a niveles de conflicto que hacen inviable la propia gobernabilidad, y otras veces la propensión a evitar esos conflictos hace que esos principios sean irreconocibles hasta que las transformaciones dejan de ser una motivación.

Nunca es sencillo abordar esta dimensión de la conducción política, más cuando en la memoria reciente todavía pesa la derrota de 2015 y la sensación que los recursos de poder son tan escasos como los recursos económicos en un contexto de endeudamiento y de crecientes necesidades sociales, algunas de impacto intergeneracional como las que indica la persistencia de más del 60% de niños y niñas pobres e indigentes.

La historia indica que la eficacia política de los gobiernos no se da solo por sus slogans o por el diseño de sus coaliciones sino que esta emerge especialmente por los resultados de gobernar. En tal sentido no serán los nombres de las alianzas electorales o la mera conceptualización la que va a definir la identidad del gobierno, sino que esta se dará en virtud de cómo se diriman los diversos problemas de agenda que la propia realidad y los tiempos legales e institucionales vienen instalando.

Internas y democracia

La realidad siempre se impone y ya forman parte de los debates cotidianos la negociación de la deuda, el precio de tarifas y alimentos, la relación entre generación de divisas y mercado interno, la inflación, el incremento de la pobreza y la indigencia, la fragilidad de la estructura de empleo, la primarización económica y la precarización tecnológica, el manejo de las cuencas hídricas y en particular de la hidrovía. Se puede agregar un largo etcétera que se multiplica exponencialmente cuando se analizan con detalle las economías regionales, la situación fiscal de las provincias y las crecientes necesidades de los municipios en todo el país.

Las controversias públicas que adquieren las internas de gabinete sobre cómo abordar algunos de estos temas y otros que aún no logran superar el ¨techo de cristal¨ que generan los medios de comunicación concentrados, al contrario de cómo la presentan aquellos que en nombre del orden siempre pusieron en riesgo la democracia, son un indicador de salud de la coalición. Consolidar el método de trabajo y encauzar su resolución será además un signo de fortaleza.

Si la eficacia de un gobierno se mide por su capacidad para intercambiar problemas de baja calidad por problemas de mejor calidad, la solidez de una estrategia se deberá medir por el mayor grado de autonomía que el gobierno logre respecto de los poderes fácticos. Esto es así porque el escenario indica que la solidez de los métodos de conducción y capacidad de organización no se van a medir solo con respecto de la oposición electoral.

La oposición a caballo de enunciados sobre debilidad empieza a exigir un repliegue presidencial desde la coalición hacia un orden verticalista. Es extraño que algunos oficialistas se hagan eco de esto ya que el sentido común indica que una decisión de esta naturaleza no solo no contribuiría a fortalecer la autoridad presidencial y la eficacia del gobierno sino que provocaría su aislamiento. Cuando las intrigas palaciegas y las internas sobre el sentido de las políticas públicas se parecen demasiado algo hay que revisar.

El escenario vuelve a traer este problema argentino originado en la debilidad de los partidos, es ahora cuando se ve hasta qué punto afecta la democracia y la misma autonomía de la política ante los poderes fácticos. La encrucijada es compleja, un orden artificial e impuesto sería una abdicación del pensamiento político ante la complejidad que la propia coalición de gobierno generó en la política argentina. 

Todo parece indicar que la imagen de esa foto invocada por el presidente solo va a poder fortalecerse con un mayor protagonismo de sus militantes y dirigentes, no solo hacia el interior de sus identidades grupales, sino ampliando el debate de las políticas públicas en el seno de la sociedad e involucrando procesos de creciente movilización democrática.

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