Recordando Río Gallegos

La era VHS y el Videoclub

Decenas de locales que alquilaban películas pasaron por Río Gallegos. Muchos tendrán una historia en ellos o alguna película favorita de alquiler. Gativideo, horas de devolución y la obligación de regresar las cintas rebobinadas. Historia de la gloria y caída de los videoclubs en Río Gallegos.

La era VHS y el Videoclub.
La era VHS y el Videoclub.
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A través de este espacio de los fines de semana hemos recorrido barrios, plazas y conocimos además parte de la historia de Río Gallegos. Ya hemos hablado del viejo colectivo Catova, el Cine Carrera y las salas de arcade que estuvieron años atrás en la capital santacruceña. Continuando con esta saga de nostalgia millennial, hay un evento cultural que marcó a miles de vecinos y que no puede quedar afuera: La era del VHS y el videoclub.

Desde las primeras líneas de este artículo hemos roto alguna regla comunicacional entre quien escribe y el lector, pero sé que hay cierta complicidad entre nosotros, porque venimos de aquella época. En estas últimas semanas rompimos aquella barrera que nos separa (la cuarta pared del cine) y nos adentramos en estos recuerdos de una era que ya no existe.

Una de las clásicas costumbres que se tenía durante los años ´80 y los ´90 era la tradición de alquiler de películas durante los fines de semana. Todos tenemos el recuerdo de haber ido un viernes o sábado por la noche con nuestros padres, madres, hermanos o grupo de amigos a recorrer los videoclubs buscando algo qué mirar. Era realmente un ritual que unía a las personas frente al televisor y una videocasetera para ver alguna cinta, ya sea del humor argentino que estaba tan en boga por aquellos años o adentrarse en el furor del cine de horror que fueron esas décadas.

 

VHS

En Río Gallegos durante la segunda mitad de los ´80 y hasta finales de la década del 2010 estuvieron varios videoclubs funcionando. Si bien la llegada de los mismos vino de la mano de los viejos VHS, estuvieron hasta la época de los DVDs (ver más adelante). Varios fueron los que funcionaron en la capital santacruceña, tales como videoclub Capricornio, Alien, Mi Video, Halley, Salvador o Newbery. Son decenas de ellos y prácticamente cada barrio tenía uno. A la ciudad jamás llegaron las grandes cadenas de videoclubs. Todas las empresas que operaron en la ciudad eran de origen familiar que fueron creciendo y se expandieron a otros puntos de la capital.

Al principio el alquiler de los casetes rondaba alrededor de los $2 y $3, con el tiempo de alquiler de 24 horas, salvo los fines de semana. La condición siempre era –norma inquebrantable- regresar las cintas rebobinadas.

Con la llegada del VHS el cine ahora se podía disfrutar en casa, en familia o con un grupo de amigos. Era el evento predilecto y la excusa perfecta de juntadas. La llegada de películas estreno se vivía como un evento importante de la vida cotidiana y había que ser rápido para reservar alguna copia de ellos. El terror tuvo una importancia enorme en aquella época, principalmente porque las historias de los ´80 ponían como protagonistas a adolescentes, en detrimento de personajes principales adultos de las cintas de los ´70. Esto hizo que la juventud se sintiera más cercana con la historia y permitió el boom del género de terror slayer, siendo Martes 13, Halloween o Pesadilla en la calle Elm (Freddy Krueger) la santa trinidad del horror de los ´80. Otras clásicas como El Exorcista también tenían muchísima demanda. En tanto ya entrada la década de los ´90, quien rompió la demanda de los videoclubs fue “El proyecto de la Bruja de Blair”. Quien ronde hoy con más de 28 años recordará de lo que se está hablando.

La aventura de alquiler

Mucho antes de la era del tráiler, de YouTube o de los rumores sobre películas, alquilar un casete para ver el largometraje era realizar una apuesta. Los videoclubs contaban solamente con la caja del casete, que venía con la portada y una breve reseña en la parte trasera, acompañada de algunas imágenes de la película. Tomar la decisión de llevar una o dos películas para el fin de semana era motivo de discusión de las familias. Los avances de los próximos estrenos eran promocionados por el videoclub a través de un pequeño muestrario o con los mínimos avances que venían grabados en la cinta. En caso de alquilar una “mala peli”, era una verdadera derrota ya que cada peso valía y el metraje se debía mirar aunque sea para no dar por perdido el dinero. Asimismo, los videoclubs con el pasar de los años se fueron ganando su espacio en el barrio y ofrecieron otros servicios, como el alquiler de videojuegos. Y quizás lo que recuerden muchos, si tuvieron la suerte de poder hacerlo, son los regalos de posters que hacían con algunos clientes.

Quizás muchos recuerden la empresa Gativideo y la legendaria canción con la que anunciaban el inicio del VHS. La canción fue compuesta por Aaron Copland en 1942 y daba una sensación espacial, siendo denominada Fangfare for the Common Mand. El segundo –con la pantalla azul que venía con los derechos de autor y la advertencia sobre películas falsas- era Silhouette, de Kenny G. Ambas melodías pueden encontrarse hoy en YouTube y generarán al lector de TiempoSur una sensación de nostalgia aún mayor.

Gativideo era la encargada de traer e importar las cintas a Argentina. Por aquel entonces se vivía además una fuerte campaña antipiratería, por lo que una cinta original era marcada con un holograma con la cara de un pirata dibujado. Se repartía la distribución de películas con AVH y LK-TEL, pero las 3 tuvieron el mismo final.

 

La muerte del videoclub

En la segunda mitad de los 2000, con la llegada del DVD y el acceso a internet en las casas, llegó el gran enemigo del videoclub; la piratería. Lo que venía advirtiendo Gativideo décadas atrás fue finalmente el clavo final que terminó de sepultar el comercio. La llegada del DVD permitía principalmente un método más sencillo para piratear películas e incluso podían incluirse más de una en cada disco. Solamente se necesitaba una PC y una grabadora de DVDs, algo mucho más accesible que en la época del VHS. Gracias a esto eran varios los puntos de la ciudad donde se vendían DVDs pirata a precios muy bajos. Esto sumado a que internet había permitido la descarga de estrenos –que llegaban mucho más rápido que la copia original a los videos- hizo que la gente se volcara a esto y dejara el alquiler. La llegada del titán del streaming Netflix a los hogares hizo que el último de los videoclubs cerrara en 2018.

 

El último bastión

Hubo una baja importante en las ventas de dos años para acá. Se hace difícil cuando uno es propietario. ¨En la ciudad los locales comerciales son caros”, lamentó Mayra Sánchez, su última propietaria, en diálogo con TS-Digital. Reconoció que la baja del consumo de películas puede deberse también al gigante Netflix, la plataforma de streaming que de a poco se mete en todas las casas, tal como pasó con el cable décadas atrás.

Pero Mayra tiene sus reparos con la multinacional. No la convence y asegura que el catálogo que tiene es acotado. “Nosotros teníamos quince mil títulos”, recuerda.

“Es algo que a mí me apasiona y me encanta. Para mí fue un sueño cumplido tener el video. Uno le pone otra energía. Llega un momento cuando se te acaba la espalda”, explicó sobre el cierre.

Relató a este medio que ella es la propietaria desde el 2005 y rememoró que a los primeros dueños le habían pagado una deuda con VHS, por lo que habían decidido poner el emprendimiento en marcha.

Desde hace once años tuvieron que mutar. Agregaron al catálogo de películas la venta de libros, juguetes y demás merchandising. “Cambiamos completamente la cara del video”, dijo Mayra.

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