Relato de vida

Jerónimo Zuvic, recordando el viejo Gallegos

Jerónimo Zuvic, un hombre y vecino de la ciudad de Río Gallegos con 84 años, nos va a contar acerca de su vida como si hubiese pasado ayer, nos llevará a sus recuerdos más preciados, a través del tiempo al antiguo Río Gallegos, la cultura, el orden hasta las ballenas y los aviones.

COMPARTÍ ESTA NOTA

En la recorrida que realiza el móvil del Multimedio Tiempo, se encuentra en esta ocasión con la historia del señor Jerónimo Zuvic, un vecino nacido y criado en la ciudad de Río Gallegos, que al día de hoy tiene 84 años y está ansioso por regresar a juntarse con amigos a tomar café como lo hacía a diario. Además de que cuenta con una memoria envidiable, nos muestra un poco de su historia, sus días de juventud y cómo fue creciendo la ciudad que hoy conocemos, con aciertos y errores, hoy la historia del vecino de ascendencia croata.

Jerónimo Zuvic:

Comienza el relato contando como recuerda la ciudad de aquel entonces: “Recuerdo el antiguo Gallegos de muchas formas, pero principalmente el clima, es muy fácil ahora, hablan del frío y no hace el frío que hacía antes, no existían los medios para calefaccionarse, no había carbón, había que comprar leña, venían en barcos traídos de otros lugares, carbón de coque que venían para el frigorífico, que luego se entró a abastecer con el Turbio; lo pusieron en explotación y de eso se vivía, se tiraban en las casas en aquel entonces, no eran abrigadas por así decirlo”.

“Los inviernos eran más duros y secos, helaba mucho más que ahora pero no se lo sentía a veces debido a que era mucho más seco, la temperatura del día no variaba casi nunca, llegaba a bajo cero y se mantenía así hasta las cinco de la tarde donde subía un poco y seguía en la misma hasta la noche. En eso, Jerónimo recuerda la forma en la que las cañerías de agua estaban distribuidas a lo largo de la ciudad: “El agua potable estaba sepultada a 90 centímetros bajo tierra, para que las cañerías de la época no se congelen y permitan el flujo normal, todo se hacía a pico y pala, no existían las maquinarias”, todo ello en la década del ’40. “Recuerdo cuando el agua llegó a la calle Alvear, en los primeros años de mi vida y fue increíble”.
 

Mis padres:

Continúa el relato con la historia de sus padres: “Mi viejo, Juan Zuvic, en mis primeros años recuerdo que hacía de todo, cuando había que ser peón era peón, cuando el viejo tenía para hacerse una casa o un galpón, era carpintero porque la profesión de él era realmente carpintero, para eso había venido a la ciudad, trabajaba con muchos paisanos en las estancias construyendo casas desde cero, tenía que trabajar sí o sí, debido a que éramos 8 hijos en total, había que darles de comer a todos”.
“Mi madre, Ana Yaksic, por otro lado, ella era ama de casa debido a que no le daba el tiempo para todo normalmente, porque había que lavar la ropa y no como hoy en día, todo en la época se lavaba en tina, a mano, fregando, luego el trabajo de planchar pilas de ropa de todos nosotros, había que hacer la limpieza del hogar, había que cocinar y en grandes cantidades”.

Jerónimo, quien es descendente de familia croata de primera generación, nos explicaba cómo fue que pararon desde tan lejos sus padres en la Patagonia Argentina. “Ambos son de Croacia, mi viejo tenía alrededor de unos 25 años cuando pisó tierra argentina con mi madre que era su compañera de vida, tuvieron muchos problemas allá en su pago, no tenían adónde ir a trabajar, tuvieron peste, invasiones de los imperios, después de 5 países hicieron uno, la antigua Yugoslavia, pero arrancaron con unas ganas de laburar obviamente.
“Les cambió la vida, el clima y todo, en aquellos años, era así, sus viejos a sus propios hijos los echaban de allá, que se vaya, les indicaban siempre que viajen a América, para evitar la persecución y el fusilamiento de los mismos, los muchachos que no se iban de Croacia, 15 años más o menos los metían en el Ejército y eran carne de cañón, por ello mis abuelos mandaron a mis padres lejos, los preferían lejos y vivos que cerca y sepultados. Los pueblos de mis padres estaban a 3 kilómetros uno del otro y de allí se conocieron, vinieron a Argentina, se casaron y tuvieron 8 hijos”.


 

La ballena del deshielo:

Durante el relato de la infancia, recordó con una sonrisa que lo invadía una anécdota muy especial: “Recuerdo un domingo en la tarde en mis años de infancia, un día que estábamos en la cancha de Hispano, domingo, lindo día, clima templado, la marea comenzaba a bajar en la costanera local y a lo lejos se veía un bulto negro, más o menos siete y media de la tarde y nos topamos con que aquel bulto negro; era una ballena varada en la orilla, yo con doce años y varios amigos más, nos tomaron una foto aquel día junto a aquel animal, la única manera de distraernos de divertirnos con amigos era ir a las canchas, el fútbol, la gente no la pensaba mucho, no habían medios, era ir a la cancha del fútbol, otros, por la noche al cine y allí se terminaba la joda, no había cómo gastar la plata como hoy en día”.
 

Adolescencia:

“Las adolescencias de mis tiempos son muy distintas, a esta hora cerca de las 17:00, llegabas del colegio a tomar el café, te mandaban a comprar el pan y luego de eso, ya había que sentarse a hacer los deberes, si lo alcanzabas a terminar y te sobraba un poco del tiempo, lo aprovechabas para salir a jugar al fútbol con amigos en la calle, había que ser responsables todo el tiempo, pero también se respetaba muy bien el horario de la cena, todos debían estar sentados en la mesa a las 20:00, luego a las 00:00, debían estar presentes por la llegada del viejo, como él trabajaba con horarios extendidos, debía comer a tiempo igualmente.
Era muy responsable, iba al colegio, hacía mis deberes, tenía que ir a regar a la quinta, cuando era chico en aquel tiempo, se daba vuelta hasta la tierra con la pala, para que el viejo preparara, rastrillarla, sembrar y así, no fui yo sino que primero fue un hermano y anteriormente otro y así fuimos todos trabajando en algo de la casa.

Trabajar desde joven:

Hoy visto mal por la sociedad, años atrás era una obligación y nos comentaba esto: “Yo terminé el colegio muy chico, me costó salir de allí, en aquel tiempo la educación terminaba en sexto grado y en cinco años ya tenías que salir a buscarte el pan, aportar en la casa, empezar a proyectar a futuro qué es lo que querías hacer con tu vida”.
“Empecé a trabajar con solamente catorce años, como cadete de oficinas, fui cambiando dependiendo de cuanto se ganaba y buscando lo mejor, la mayoría de la gente en aquel tiempo tenía que sostenerse con lo que había, en este momento Zuvic ejemplifica cómo era la forma en la que se conseguían mejores trabajos y explicaba esto: “Para entrar por ejemplo en Correo, al Banco Nación o alguna otra repartición, tenías que caer bien a la gente, tenías que ser inteligente, tenías que ser preparado y sobre todo bien apadrinado, sino no había chance alguna de conseguir algo mejor, el mejor ejemplo es el de Correo, encontrarte un empleado que te vendía una estampilla, que atendía en la ventanilla de telégrafo, bien vestido, delantal, corbata, camisa, prolijo, afeitado diariamente, no iban de zapatilla de goma ni barbas ni pelos largos, siempre impecables”.
 

Pasión por las bicis:

Además del trabajo, Jerónimo como cualquier otro joven en la actualidad, busca un poco de distención: “Desde los 22 años, comencé a andar en bici en una categoría con temporadas de 6 carreras de las cuales tres las gané y después apareció otro que me limpió tres carreras, íbamos empinadísimos”.
“Recuerdo una de mis últimas carreras, en la última vuelta recuerdo que se me salió la cadena, iba primero, tengo la sospecha que alguien pateó o lanzó alguna piedra lo cual produjo que se me saliera el tensor de la cadena, salió todo y quedé en último lugar, perdí mis puntajes con los cuales pude haber salido campeón de la categoría con algunos puntos”.
“Fuera de las carreras, era una pasión y era el amor de andar por largos circuitos, perderme por ahí los fines de semana, en algún momento fuera del trabajo, por ejemplo, un día fui a Puerto Coyle, a 120 kilómetros de la cuidad, pasando la estancia Coy Aike, treinta kilómetros más adelante, un lugar donde estaba poblado en aquel entonces, estos recorridos los hacía siempre con un gran amigo, José Ortega, los dos trabajábamos en el Correo y era mutuo, ya veníamos cerca del fin de semana viendo cómo venía el clima para irnos a “bicicletear”, camino de tierra y el clima eran los problemas, imagínate un sábado, ibas con el mejor clima pero al volver era un viento impresionante, había que hacer dedo muchas veces así nos alcanzaban a la ciudad”.
 

Domingo en fuego:

Recuerdo una tarde donde disfrutaba con amigos de un partido en las canchas, jugaban San Lorenzo e Hispano, vimos hacia el cielo, un avión que venía en picada, una cortina de humo en tirabuzón mientras perdía altura y al segundo un gran estruendo, había caído en frente del monumento de Roca, sobre la avenida principal de Río Gallegos.
Aquel vuelo del avión era de entrenamiento, un 22 de mayo de 1950, un vuelo que venía de Ushuaia y Río Gallegos, no recuerdo exactamente el modelo del avión, pero fue impresionante ver eso y el pánico de la cancha esa tarde.
 

Gallegos Viejo:

Surge como un hobby, a mí me gustaba sacar fotos siempre, de hechos, de momentos de mi vida y tenía siempre un álbum muy chico, la gente que venía a verme se embobaba y le gustaba mucho, lo que le recordaba ver mis fotos, los llevaba a aquellos años, y a partir de ver esas reacciones, esos comentarios positivos, me animé a ir comprando fotos de la historia de Gallegos, yo les pongo fecha exacta de cuándo fueron tomadas, las fotos datan desde el año 1909. Entre las fotos que guarda Jerónimo en su gran Álbum de “Gallegos Viejo” me mostró varias fotos que datan del año 1926, una foto del desembarque de gente que arribaba a tierras de la ciudad, desembarcaban con valijas al hombro, luego otras donde se ven unos “taxi fletes” de la actualidad como lo menciona el Señor Zuvic, eran caballos con carros de la época que se utilizaban en la época para trasladar cosas pesadas de los vecinos, en otra foto  donde estaban poniendo rieles cerca de Prefectura Naval, cuatro hombres trabajando sobre las calles de ese año.
 

Plaza Mitre:

Jerónimo recuerda en fotos y en sus ojos los años en los que pasaba por aquella plaza cerca y bien cuidada de la ciudad, hasta la década del ‘40, se llamó Plaza Mitre, la que hoy conocemos como Plaza San Martín.
“Mis primeros años los cruzaba siempre por estos lugares, recuerdo bien, existan en cada esquina de la plaza, había dos portones de dos hojas, aquellos se abrían por la mañana y se cerraban en la tarde, a las siete de la tarde en el año y ya cuando llegaba el invierno se los cerraba a eso de las seis de la tarde”. De los ocho portones que existan en la plaza, cinco se abrían y uno chico que daba hacia la catedral de la ciudad, ese permanecía abierto durante el día.
Siempre que volvía del colegio pasaba por la plaza, disfrutaba de estar unos minutos por allí, era muy pacífico, era inmensa para mí, no había inseguridad de ninguna forma, extraño esos años.
 

Cansado de la pandemia:

Yo estoy cansando de esta pandemia, no se termina más, sabés lo que es estar siete meses encerrado en la casa, lo poco que salgo es para comprar las cosas de mi casa, pagar boletas y nada más. Uno se ve obligado a salir, yo tenía antes de esta pandemia, muchas casas para ir a tomar un té, a pasar un rato, llevarles algo, ir a buscar algo, sin esa presión y el malestar que hoy en día se genera, estamos aguantando mucho, hoy, solo un lugar, esta casa.
Yo me cuido, yo respeto todo esto, hay muchas personas que se están muriendo de COVID, se murieron por problemas de salud aún mayores a esto, no resistieron al virus y no se supieron cuidar, si uno se cuida, pasa por arriba. Lamentablemente extraño a mis amigos, perdí un par de ellos por este terrible virus que estamos viviendo todos.
Extraño juntarme a tomar un café en Tito, con esa gente ya hace siete meses que no me veo, yo iba a festejar mis 84 años el 22 de marzo, había organizado todo para mis amigos y no pudieron venir a casa, me dolió mucho y fue entendible, la mayoría de ellos con problemas de salud. La policía cada vez que tengo que salir por algo, me piden documentación, permisos de circulación, papeles que no tengo, lo primero que deberían hacer, es no ser prepotentes por tener un uniforme, ellos son quienes nos cuidan y nos deberían tratar bien, no al revés, deben saber interpretar los reclamos de sus mayores.


COMENTARIOS