A cien años

¿En qué vive Facón Grande? ¿Dónde se encuentra Antonio Soto?

A cien años de la gesta histórica, la reflexión es que lo peor que se puede hacer con un hecho tan determinante y visceral a nuestras existencias es resumirlo sólo a la repetición de un slogan, de una reivindicación vacía del profundo contenido de cada una de las acciones llevadas a cabo, sus consecuencias y su abrazo de una utopía con el norte en el derecho del trabajador. Dieron la vida, sí, bajo los Rémington del impiadoso coronel Varela y el señalamiento de los propietarios de los establecimientos agrarios, pero no están muertos, habitan en cada injusticia, los podemos hallar en muchas de las desigualdades crónicas que afectan a nuestras sociedades.

COMPARTÍ ESTA NOTA

Por Mariano Tagliotti

¿Se imaginan las distancias? ¿El verdadero peso aplanador del aislamiento? Si hoy, aquí, ahora, febrero de 2021, todavía se siente la lejanía, la pequeña referencia humana que se halla a veces cada 100, 150, 200 km. Piensen un minuto en ese verano de 1921. El ser especiales, particulares, porque somos pocos, porque vinimos a buscar un destino, una mejora, esa que tantas veces cuesta conseguir, esa desconfianza ante tanto migrante que de a poco se mete y entra a los usos y costumbres de aquel que por generaciones siente sobre la piel, y sobre cada una de sus tardes, el espesor cristalino y poderoso de ese viento patagónico tiránico, dominante, impiadoso. Por un momento cierren los ojos y piensen en el esfuerzo para coordinar una huelga provincial, el titánico intento de amalgamar intenciones en una geografía recién explorada y en oportunidades todavía virgen, para aquellos sin más medios que sus manos de laburantes y su espíritu colectivo.

¿Se imaginan la necesidad, para sobrevivir, de empezar a dominar los elementos, de crearlos? Ante una naturaleza indómita, salvaje, llena de vida y de muerte, de horizontes que dibujan la silueta de un guanaco buscando el cañadón, la mirada de un puma agazapado mientras un caballo surca los caminos y huellones. Tierra de oportunidades, de extensiones, de posibilidades infinitas. Tierra de necesidad de mano de obra, la cual llegaba desde todos los confines del mundo. Hogar de pioneros, y de adelantados, de grandes concentraciones comerciales en forma de latifundios, de capitales que en el circuito internacional entraron a jugar fuerte en el mercado lanar.

Lo que tiene que haber sido la masacre, la enormidad del pecado a esconder bajo capas y capas de silencio, de olvido, con la memoria de los trabajadores latiendo de manera ignorada en las tumbas que tuvieron que cavar para no desgastar los brazos de los soldados del Ejército Argentino; ¿qué habrán pensado en esos últimos momentos de escozor donde un ser humano sabe que ya no ha de escapar a la muerte, que esta será violenta, y que se va derrotado de este mundo?… Esa sensación en el estómago de un nudo apretado, el temblor frío de las manos, la sequedad de la garganta y el brillo imprescindible de una luz lejana de esperanza que se apaga y se vuelve indivisible. Para aquellos peones rurales que pidieron dignidad, no hubo un NUNCA MÁS. No hubo Justicia, hasta que Osvaldo BAYER escuchó las voces venidas desde lo profundo de la tierra patagónica que pedían dejar de negar su existencia, su paso, su semblanza. No se escuchó el grito, el indomable grito obrero, hasta que Don Osvaldo INDAGÓ, PREGUNTÓ, RECORRIÓ, REMOVIÓ, INCOMODÓ, INVOLUCRÓ A TODA UNA SOCIEDAD QUE ESTA VEZ, YA NO ACEPTÓ EL SILENCIO COMO ÚNICA RESPUESTA. Ese Osvaldo que caminó sintiendo cada paso, cada espacio, de Estancias como La Anita, donde la ignominia se hizo presente de su forma más siniestra, es el responsable de resucitar la memoria, de hacerla llegar en un puente literario y cinematográfico hasta nuestros días, amparado sí, por el enorme Don Jorge Cepernic. La memoria de 1500 peones rurales asesinados da testigo de su gesta.

Ideas y valor

En 1919, a los 23 años llega a Río Gallegos Antonio Soto y se hace cargo de la FORA. Trae ideas del otro lado del Océano, conceptos del mundo propios de la Revolución Rusa. Por una lectura ágil, veloz, de ciertas miradas y complicidades, desconfiando de las intenciones de Varela, salvará su vida en el último instante. Será perseguido hasta el final de sus días, no dejará testimonio oral ni escrito de la gesta trabajadora y cargará con la pesada mochila de tener que vivir escondiéndose para escapar de la  mano represora que lo ha marcado a muerte.

¿Con qué se encuentra Soto cuando hace pie en Santa Cruz? Cuál es el hilo que lo une al entrerriano Facón Grande, hombre de dignidad silenciosa, de prestigio entre baqueanos. La clave es que el precio internacional de la lana y la carne ovina han caído hasta sus mínimos históricos, terminada la Segunda Guerra Mundial, y los que están pagando los costos del ‘’ajuste’’ son los de siempre, los que cruzan el río de la historia abonando la cuenta para beneplácito de los libros que relatan la misma (por eso el de BAYER es un libro ‘’rebelde’’). En el Territorio gobernado por el Conservador Edelmiro Correa Falcón, campeaban los intereses de los frigoríficos ingleses y su voz y voto se tomaban como verdad revelada. En las pérdidas, los obreros tuvieron que asociarse al destino de sus patrones, cuando en la bonanza jamás había sucedido nada parecido. Los reclamos hoy, a la distancia, suenan hasta irrisorios, pero en su momento fueron considerados como revolucionarios. Pedir que las instrucciones de los botiquines estuviesen en castellano además de en inglés, se consideró potencialmente sedicioso.

Entre otras demandas los obreros exigían que en recintos de 16 m² no durmieran más de tres hombres, que se entregase un paquete de velas a cada obrero mensualmente, no se trabajase los sábados, un mejoramiento de las raciones de alimentos, un sueldo mínimo mensual de 100 pesos y el reconocimiento de la Sociedad Obrera como el único representante legítimo de los trabajadores, aceptando el nombramiento de un delegado como intermediario entre las partes en conflicto. Este pliego fue rechazado por la organización que agrupaba a los estancieros y la Sociedad Rural. La respuesta de los trabajadores fue declarar la huelga general en toda Santa Cruz.

En su enorme mayoría no eran bandoleros, no eran amigos de lo ajeno, aunque en aquellas épocas como ahora también entre quienes venían a buscar progreso se encontraban forajidos y personas enemistadas con la ley. Se vendió en prensa de aquel tiempo que el reclamo se tornó salvaje, que las tropelías incluían asesinatos y que se necesitaba ejemplificar con los peones, descargando todo el peso del Estado Argentino sobre este rincón del sur. Lo que se descargó fue la lluvia helada de muerte, la devastación de las tumbas masivas, el horror abrazado a la cobardía de los ejecutores amparado en la lejanía, en la terrible posibilidad de matar y esconder. Por orden de Buenos Aires, y en medio del debate histórico de si Yrigoyen dio la orden o no, las armas del Ejército de nuestro país se levantaron sobre lo más delgado del hilo. Allí se cortó, de cuajo, la historia.

¿Y en dónde podemos encontrar hoy la capacidad intelectual puesta al servicio del trabajador que portaba Antonio Soto?

¿Y en qué parte de nuestra sociedad habita esa vieja terquedad moral, ese mirar a los ojos y tener palabra, ese apretón de manos sin necesidad de un contrato porque la palabra vale y la reputación es lo único que tiene para ofrecer y defender un hombre, que definía el andar por el mundo, su mundo que iba desde el Río Negro hasta los bordes de la meseta central santacruceña, del inolvidable Facón Grande?

En los que luchan para que una madre trabajadora sola no tenga que esconder que tiene un hijo pequeño para poder alquilar una casa, pasando a ser una ciudadana de segunda categoría sólo por procrear vida argentina.

En los que no miran para otro lado ante la necesidad de las personas que perdieron sus trabajos informales, o no pueden desarrollarlos, debido a la pandemia.

En los que se interiorizan sobre la trata de personas y la combaten, aún vigente (en menor medida y escondida) en nuestra Patagonia, de fuerte raigambre cultural y anido en la historia, en donde los proxenetas disfrutan de las ganancias generadas por el cuerpo de mujeres y niñas esclavizadas.

En los que entienden de que la agenda ambiental de la provincia la hacemos entre todos, absolutamente entre todos, para ofrecer nuestros paisajes al mundo, los mejores entre los mejores, sin que vivamos en un basural, sin que tengamos que hacer 200 metros y vernos mordidos por perros abandonados por inconscientes humanos.

Allí, ellos, en esas causas, viven, Pablo Schulz y el alemán Otto, viven. Los peones chilotes, respiran. Ahí están, los encontramos. Sus espíritus. Porque sólo quien deja de luchar, es derrotado. Quien sigue luchando, no conoce la derrota, jamás.


COMENTARIOS