Bernardo Stamateas

El poder de la empatía

Por fortuna, el concepto de empatía va cobrando cada vez más fuerza en la sociedad. La mayoría de nosotros sabemos que significa “ponerse en los zapatos del otro”. El término en el griego literalmente es “sentir en” o “sentir adentro”. Dicha habilidad se cultiva y se desarrolla a consciencia practicando percibir lo que el otro siente.

El poder de la empatía
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Necesitamos entrenarnos para “sintonizar con” los demás y relacionarnos de manera sana y eficaz. Podríamos pensar en dos tipos de empatía. A saber:

a.      Empatía cognitiva. Es mirar desde el punto de vista del otro para comprender. Un comprender desde lo racional.

b.      Empatía afectiva o compasiva. Es acompañar al otro en sus sentimientos.

Pero no alcanza con comprender algo, si uno no es capaz de transmitirlo. Es en este punto en el que se produce la empatía completa. El otro se da cuenta de que lo comprendimos. Es decir, que percibo algo que viene de él o ella y se lo expreso (un ida y vuelta).

La antipatía es: “Me generás malestar”.

La simpatía es: “Te quiero agradar”.

La apatía es: “No siento nada por vos”.

La empatía es: “Siento con vos”.

En la simpatía, parto de mí para agradar al otro. En cambio, en la empatía, parto del otro: de lo que esa persona siente y viene hacia mí. Hay un compromiso y deseo de entender qué le sucede al prójimo. Hoy se sabe que, cuanta más empatía, menos maldad. Y, cuanta menos empatía, más posibilidad de lastimar a los demás.

A alguien que carece de empatía no le importará lo que les suceda a los demás. En cambio, quien tiene altos niveles de empatía no le hará a ninguna persona aquello que no desea para su propia vida. Hay baja empatía cuando:

-solo hablo de mí;

-siempre hablo yo;

-siempre le digo a alguien lo que pienso;

-alguien dice algo y yo enseguida doy mi opinión;

-me alejo de la gente;

-soy antipático en un grupo;

-hago lo que a mí me gusta por encima de los demás.

Imaginemos que una persona se cae en un pozo. Entonces, viene un amigo que “siente el dolor” del caído y se introduce en el pozo. Viene otro amigo, ve a los dos en el pozo y trae una escalera. Este último tuvo empatía, pues actuó movido por lo que le estaba sucediendo a su amigo.

El verdadero poder de la empatía es que nos permite aceptar al otro tal cual es. Nos convierte en personas nutritivas que no regañan a los demás por sus errores, sino que los escuchan y los comprenden; que dan su opinión solo cuando se la solicitan; que jamás ocupan el rol de “maestro” ni “juez” ni “indiferente”.

Quien tiene empatía genera fiabilidad, pues transmite siempre este mensaje: “No te lastimaré. Te acepto por ser quien sos: una vida valiosa, un ser humano”. Ahora, aceptar no significa compartir todo lo que el otro piensa o actúa. Si yo valoro a alguien, es porque valoro la vida humana.

¿Te considerás una persona empática? ¿Solés tener en cuenta las emociones de los demás? La gente no nos conoce por cómo somos, sino por cómo se siente al estar con nosotros. Todos tenemos aspectos positivos y funcionamos mejor cuando somos animados. Cuando uno hace sentir bien al otro, esa persona nos devuelve lo mismo.


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