Informe especial

Relatos de clandestinidad a un mes de volver a dar la pelea por el aborto legal

TiempoSur dialogó con mujeres que interrumpieron su embarazo hace años en Río Gallegos y el estigma social que representa. El 28 de mayo el proyecto por el aborto legal, seguro y gratuito se presentará por octava vez.

“Ganamos en organización y militancia”, indicaron
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*Contiene lenguaje inclusivo

“Tenía 17 años estaba con un chico que conocía hace 4 meses y estaba interesado, pero cuando hice la interrupción desapareció” relató S. a diez años de su interrupción. Su pareja de ese entonces estaba de fiesta mientras ella tenía las hemorragias de una interrupción de embarazo con pastillas compradas por internet. Lo atravesó sola. No sabía el riesgo que corría ni qué tenían esas pastillas que decían Misoprostol. “No supe lo que me estaba metiendo” lamentó, reconociendo hoy la gravedad del riesgo tomado. Tenía miedo de ir a la cárcel, teniendo en cuenta la ilegalidad del aborto en ese entonces y casos como el de Belén, encarcelada tras un aborto espontaneo en 2016, liberada por la presión popular. Explicó que después aprendió que tomar las pastillas por la vía vaginal permitía percibir la droga que genera contracciones uterinas en la sangre expulsada y ella, en la recta final de sus estudios secundarios, en los que nunca tuvo una clase de Educación Sexual Integral, no quería ser condenada.

“Sentía que estaba pasando el peor calvario de mi vida, a parte del miedo que tenía, a parte de la vergüenza también. Me sentía absolutamente culpable, sentía que estaba matando y eso es consecuencia del prejuicio” relató.

Llevó a cuestas ese prejuicio por años, hasta que comenzó a formarse en el feminismo y entendió que la interrupción de su embarazo le permitió decidir si quería maternar o no.

“Fue el movimiento de mujeres que me salvó de esa condena que yo misma ejercía sobre mí” explicando que reproducía los pensamientos de una sociedad que se niega a reconocer el aborto en Argentina y todas las políticas públicas necesarias para lograr la erradicación de los embarazos no deseados, como la implementación de la ESI o condenas efectivas a los pedófilos.
“Pese a que soy de clase media y podría haber pagado alguna clínica, ese médico no estaba y mi desesperación me llevó a hacerlo de esa manera” explicó.

Con el pasar de los años y perspectiva política, hoy S. se siente libre y elige pelear para que ninguna persona gestante pase por una situación similar. “La gente de clase más baja, busca soluciones mucho más riesgosas” relató, reconociendo que el tallo de perejil y los ganchos de las perchas todavía son herramientas totalmente insalubres con las que en Argentina se intenta interrumpir embarazos, aunque cueste la vida. “Por eso peleo por el aborto legal, es mi bandera, voy a seguir hasta que sea ley” concluyó con la inminente presentación del proyecto de Interrupción Legal del Embarazo, por octava vez dentro de un mes.

 

Tuvo opciones- A. se enteró que estaba embarazada a los 15 años, en 2009. “Éramos dos adolescentes. No tuve acceso a educación sexual, en las escuelas no nos enseñaban y mi mamá no sabía que era sexualmente activa” explicó. No tenía información sobre anticonceptivos, solo que estaba mal tener sexo. Le costó mucho aceptar todo lo que conllevaban las dos rayitas que se dibujaban en el Evatest de su mano temblorosa.

“Nunca tomé el aborto como una decisión, era fijo que iba a ser mamá. Mis hermanas me dijeron que no iba a ser así, mis papás lloraron y me preguntaron qué iba a hacer”.

A. a diferencia de miles de personas con un embarazo no deseado, tuvo opciones. “Pedí perdón y estaba negada” relató con dolor, enceguecida en ese entonces con la idea fija de formar una familia sin haber concluido sus estudios secundarios y con pocas herramientas, que hoy reconoce desde otra perspectiva.

Asistió a una clínica privada de un médico que identificó como reconocido por el negocio de la clandestinidad, brindando el acceso a Misoprostol a un elevado precio. El apellido de este profesional de la salud y la palabra aborto, siguen relacionados al día de hoy, permitiéndole abortar de manera segura a quienes puedan pagar. La atravesó la culpa, los sueños de la familia ideal, el miedo a las consecuencias en su cuerpo y psiquis. “Mientras tenía hemorragias tenía preguntas sobre si estaba bien o mal, pensaba que pase lo que tenga que pasar” expresó.

La colocación vaginal de las pastillas fue de parte del doctor y aun así no se interrumpió correctamente el embarazo de A. Fue por un raspado uterino, llena de dudas y con más miedo todavía, pero con el apoyo de mujeres cercanas a ella encontró las fuerzas para abortar. “No me enteré cuánta plata gastaron mis viejos, no tenía ingresos” recuerda al relatar su internación en una reconocida clínica privada, donde posteriormente la anestesiaron e internaron para “seguir con mi vida” en palabras de A.

El peso de la culpa clandestina, por suerte segura, la persiguió por años.  Hoy reconoce el valor de haber terminado la escuela, conocido gente que ampliara sus perspectivas, salir, trabajar, estudiar y sobre todo decidir cuándo sí y cuándo no continuar un embarazo.

“Lo económico realmente es importante, sino hubiera tenido ese sustento no sé dónde estaría. Si hubiera querido abortar lo hubiera hecho en peores condiciones” lamentó. Actualmente de su mochila cuelga un pañuelo verde con una consigna clara: Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal seguro y gratuito para no morir.

“Lo ideal es que todxs recibamos herramientas para ser capaces de tener hijxs, identificar las realidades diferentes a las nuestras, enfermedades de transmisión sexual y los abusos. Ojalá que nadie tenga que llegar a abortar y que las que lo hacen lo hagan en un lugar seguro, que puedan ir a un hospital público. Yo aborté ilegalmente y todxs tenemos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos”. Años más tarde, A. deseó, gestó y parió a un hijo que falleció y explica que las personas que han perdido niñxs deseadxs generalmente están en contra del aborto como un mecanismo de defensa ante la frustración y el dolor que implica una pérdida en este sentido. “La realidad es que cuando perdí a mi hijo, no cambió mi opinión respecto al aborto, hay que entender la diferencia con el deseo” concluyó.

 

Batalla legislativa- Estas historias ocurrieron hace años en Río Gallegos y en lo que coinciden ambas jóvenes es que seguir dando el debate es sumamente enriquecedor para la sociedad argentina. La batalla legislativa nunca estuvo tan en boga como el año pasado, llegando a la cámara alta tras media sanción, siendo transversal a los partidos políticos y obligando a los representantes de la ciudadanía a tomar una posición política al respecto.

En 30 días volverá a presentarse el proyecto que detalla que la semana 14 de gestación no será más un límite en caso de que corra riesgo la vida o salud de la persona que porta el embarazo, que no se buscarán causales y no se penalizará a lxs profesionales de la salud que propicien la interrupción además de activar el Plan Médico Obligatorio en establecimientos públicos y privados, entre otras modificaciones.

La interrupción legal del embarazo está vigente en el país y en todos los hospitales de la provincia deben brindar información objetiva al respecto. Los movimientos feministas buscan la interrupción voluntaria en pos de eliminar la condena social, la objeción de conciencia de parte de médicxs y acceder de manera rápida y efectiva al aborto legal, seguro y gratuito en el hospital.

Atravesar la discusión legal, para Zinc Torino, activista transfeminista “fue movilizante y conmovedor”. Destacó la presencia de la juventud y desde su perspectiva “ganamos en organización y militancia”. No pasa por alto el contexto de campaña electoral: “Los partidos políticos van a utilizar esto como una forma de captar más afiliados, en ambas posiciones ante el debate”. Para ellx, la diferencia radica en estar al borde de la ley. Desde su perspectiva la clandestinidad implica la muerte, una condena a muerte que el sector más conservador de la sociedad aplica sobre las personas gestantes más vulnerables.


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