Acoso callejero

“En Santa Cruz estamos en condiciones de elaborar una ley que pueda sancionar y tipificar el acoso callejero”

Así lo declaró Romina Behrens, una de las profesionales con las que dialogó TiempoSur al respecto. Las tres viven en Río Gallegos, han sufrido acoso callejero y son feministas. Todas trabajan con el género y la palabra. Lamentan que en Río Gallegos no existan legislaciones como las vigentes en Buenos Aires o Punta Arenas.

  • 15/04/2019 • 10:49
El 2 de octubre se instauró como el Día Nacional Contra el acoso callejero.
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La ciudad de Buenos Aires fue la primera en legislar sobre acoso callejero en el territorio nacional mediante la ley 5306. La misma fue aprobada en 2015 y define al mismo como conductas físicas o verbales de naturaleza sexual basadas en el género, identidad u orientación sexual en tanto afectan su dignidad y derechos fundamentales como libertad, integridad y libre tránsito. Desde este gobierno se impulsó el 2 de octubre como Día Nacional Contra el acoso callejero, su modalidad es de acompañamiento y sensibilización, no de sanción. Desde el año del masivo #NiUnaMenos desarrollaron líneas de contención y reporte, sin multas ni detenciones en la capital porteña. En 2018 en Punta Arenas se ordenó por unanimidad en el Consejo municipal. En la ciudad trasandina más cercana las sanciones van entre $143 mil y $238 mil pesos chilenos, multa determinada por el Juez de Policía Local. TiempoSur dialogó con mujeres que trabajan con la palabra y en el ámbito social para identificar la coyuntura local.

Ambas sostienen que todo acoso es grave: ya sea un “que linda que sos” hasta violencia sexual explícita acompañada por manoseos e intentos de abuso. Identifican como el más común y naturalizada al de ámbito discursivo. En ambos casos explicita que la sociedad riogalleguense violenta mediante el mal llamado “piropo”. Romina Behrens es docente universitaria, investigadora y parte del programa provincial de ESI. “Sufrí acoso como todas las mujeres, sobre todo de más chicas, las más jóvenes son las más vulnerables” lamentó y recordó que la invasión que implica esta práctica siempre genera situaciones incómodas. Destacó la importancia del consentimiento, lo identificó como un contexto que habilita un cumplido y que cuando no se respeta, hay acoso. Desde su perspectiva hay que aprender a identificar cuando existe “un avasallamiento sobre la otra persona, su cuerpo y el espacio público que se comparte”. Seguramente la violencia física es de la más evidente, por lo que las entrevistas comprenden la necesidad de un trabajo social para repudiar e identificar lo que la ley 26.485 de violencia hacia las mujeres define como simbólica. “La que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación” reza el instrumento legal.

El escenario que plantean es patriarcal por lo que ubica a las identidades masculinizadas por encima del resto. Romina Behrens explica que es una violencia normalizada debido a un pacto machista. “Tiene que ver con la cultura que genera mensajes que dicen que está bien opinar sobre el cuerpo de las mujeres, porque valen por el cuerpo que tienen. Si no hay un varón que lo hace hay otros nueve que sí y ese es el problema” comentó. Para la docente universitaria “falta su reglamentación, pero que en Punta Arenas o Buenos Aires existan legislaciones que puedan tipificar el acoso callejero como delito me parece muy bien”. Explicó que es la oportunidad para discutir sobre límites,  aprender un nuevo código de convivencia más sano y respetuoso. Por su parte, la periodista feminista, Nazarena Malatesta, también desea que se aplique en Río Gallegos “y en todos lados”. La joven propone un espacio público que no se transforme en una pasarela donde las identidades feminizadas estén a disposición para las observaciones de los demás. Al hablar de acoso callejero recuerda un episodio que quedó grabado en su memoria, cuando a sus 13 años la tocaron sin su consentimiento y su respuesta fue un golpe. Para Nazarena, el acoso callejero “busca reafirmar a través de la palabra y la vulneración que el otro puede hacer lo que quiera con nuestro cuerpo”. Puede ser un grito, una mirada lasciva, un comentario bajo al pasar, no respetar el espacio personal en el transporte público o una mano que se mete dentro de una blusa. “En todas sus formas es abuso, es sentir que el cuerpo está expuesto como mercadería” expresó la periodista.

Merlina Saldivia está finalizando sus estudios de licenciatura en Trabajo Social y explicó que la han violentado incontables veces en la vía pública independientemente de la hora y el lugar, en escenarios poco transitados y en el centro también. Representa al acoso callejero como un mecanismo sistemático de control y dominación por parte de la masculinidad. “Es la política del medio, lo que se busca es generar adoctrinamiento” declaró. Desde su óptica que se implemente legislación al respecto sería útil, siempre que se reconozca a las personas acosadas como sujetos de derecho. Destacó que “si no va a acompañado de un enfoque con perspectiva de género sería descontextualizado”. Al poner el tema en agenda considera que se abre el abanico en cuanto a la figura de la legítima defensa. Recordó el caso de Higui, activista lesbiana que sufrió una violación grupal correctiva y se defendió de un navajazo que terminó con la vida de uno de sus agresores que derivó en su encarcelamiento. Para Merlina este ejemplo demuestra que en la sociedad hay cuerpos que importan y otros que no. La joven estudiante concluyó celebrando la problematización de estos hechos cotidianos.

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