Caleta Olivia

Ana tiene un tío violador

Fue violada por su tío desde los cinco años y su familia eligió ocultar la vergüenza debajo de la cama. Ahora que tiene 21, denunció en la Fiscalía pero le explicaron que como el delito fue anterior a la Ley Piazza, estaba prescrito. Sólo le quedó contarlo “para que le dé vergüenza lo que hizo”.

  • 20/07/2018 • 11:00
La denuncia de Ana fue presentada en Fiscalía pero el delito estaba prescripto
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Por Sara Delgado      

Hace nueve meses, Ana C. fue a una de las fiscalías de Caleta Olivia para denunciar que durante años fue víctima de violación en la infancia, pero el caso no pudo prosperar porque le explicaron que como los hechos sucedieron antes de la Ley Piazza, estaba prescrito. Aun así, no se quedó de brazos cruzados y tomó coraje para que el escarnio público le trajera alivio.

El violador es su tío César, que comenzó a atacarla desde que tenía 5 años. La atacó de forma reiterada y durante algunos años, hasta que él tuvo que empezar a pegarle para someterla.

“Al principio me daba unas moneditas para que me quedara tranquila” dice Ana, que antes de los 7 años ya le había contado a toda su familia lo que su tío le hacía. Nadie hizo nada para protegerla.

“Vivíamos en frente del Hospital y a los 7 años me crucé y le conté a una médica que me revisó y después hizo llamar a mi mamá, que lo negó todo”.

Ana sufrió la violencia extrema del hermano de su mamá pero también sufrió cuando su familia intentaba hacerle creer que estaba loca para seguir escondiendo la vergüenza. “Cuando le pedía ayuda a mi mamá, lo único que me decía era que no me acercara a él cuando viniera, que me alejara”. Otra vez, “una tía entró y vio lo que él me estaba haciendo pero se fue rápido y me dejó ahí, entregada” se acuerda.

Otra vez, cuando habló con su abuela, la mujer le dijo “que no podía ser que mi tío hiciera eso, que él era una buena persona, que yo estaba loca”. Incluso “me acuerdo que cuando íbamos a visitar gente ellos se encargaban de avisarles a los demás que tuvieran cuidado conmigo porque andaba inventando cosas y decía que me habían violado”.

Aun así, lo más aberrante de todo fue que la única vez que su mamá encaró a su hermano, “le dijo ‘yo te perdono porque todos cometemos errores’ y él le contestó que ‘ya está, son cosas que pasan’, y ahí se cerró el tema”.

Hoy Ana no tiene contacto con nadie en su familia, apenas dos tías que le dijeron que si necesitaba su ayuda se comunicara. Sin embargo César tiene una vida normal, una esposa, hijos y un trabajo.

“Puse su foto en Facebook y escribí una carta para que le dé vergüenza lo que hizo pero además porque ahora soy mamá, tengo dos nenes y uno tiene la edad que yo tenía cuando me violaban. No está bien. Una madre está para cuidarte y no para hacerte daño. Mi familia es culpable por cómplice”, asegura.

Que Ana hable no es casual, sino que forma parte del enorme movimiento de mujeres que teje redes para contener y darle credibilidad a las víctimas. Fueron el #NiUnaMenos, el #TeCreo y el #MeToo entre muchos otros los que dieron coraje para hablar y pusieron la vergüenza de vuelta en manos de los violentos.

La Fiscalía de la Zona Norte reconoció la visita de Ana durante el año pasado y explicaron que en efecto, como las violaciones de César C. fueron cometidas con anterioridad a la sanción de la Ley 26.705 (Ley Piazza), no había forma de reavivar el caso.

Esa norma fue impulsada por el diseñador de modas Roberto Piazza, víctima de violación por parte de su hermano cuando era chico. Luego de la publicación de su libro autobiográfico, se redactó un proyecto que terminó modificando el Código Penal respecto de los delitos contra la integridad sexual y la prescripción de la acción penal cuando las víctimas fueran menores.

La ley dice entonces que para esos casos, la prescripción comienza a correr desde la medianoche del día en que cumpla 18 años. Pero Ana no sólo tiene 21, sino que la ley sirve para delitos que se cometieron después de su entrada en vigencia en 2011.