Historia de vida

Tiene 91 años, es médico jubilado y va al Hospital Fernández ad honorem todos los días

Luis Schapira se declara un "enamorado" del hospital público y, desde que se jubiló, dedica todas sus mañanas en el Fernández, donde creó la cátedra de Clínica Médica y fue profesor durante 40 años.

  • 03/12/2017 • 12:45
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Todas las mañanas de lunes a viernes, Luis Schapira, un médico de 91 años, se levanta y enfila religiosamente hacia el Hospital Fernández, su segunda casa. Con 65 años de profesión y 27 como jubilado, su historia se conoció en las redes sociales la semana pasada cuando una usuaria publicó una foto en la que aparece de perfil con su bastón y su delantal insignia impecablemente blanco: "Cuando te preguntes qué es la vocación, acordate de este médico jubilado que sigue viniendo ad honorem al hospital", escribió @VayaAspirina en su cuenta de Twitter. El mensaje se propagó al instante y ahora lleva más de 5600 "retuits" y 16.000 "corazones".


"Sigo yendo porque amo a la medicina y al hospital público. Me gusta aprender aunque sé que me quedan pocos años para ejercer, sigo estudiando y me gusta escuchar a los jóvenes a los que dirigí cuando hicieron la residencia. Las mañana son los momentos más lindos de mis días", afirma Luis.

Su pasión por la medicina, sin embargo, no lo acompañó durante toda su vida. Nació en el seno de una familia judía en un humilde pueblo de Entre Ríos sin luz eléctrica ni agua corriente. Su familia, en ese entonces, estaba compuesta por cuatro integrantes. Su madre, Adela, era ama de casa y se ocupaba del cuidado de sus dos hijos: Luis y Samuel, que murió joven a causa de un cáncer de pulmón fulminante. Su padre tenía un "boliche" en el que, según Luis, "vendía de todo" y cuenta una de las anécdotas que tiene debajo de la manga aquel que vive hace casi un siglo: "En esa época había plagas de langostas entonces se ponían barreras en el pueblo para evitar que invadan y mi padre vendía bolsas de langostas al Estado", rememora.

Hizo la mitad de la primaria allí y cuando tenía nueve años se mudaron a otro pueblo más grande, a 15 minutos de distancia en tren, donde finalizó sus estudios. A los 13 años, cuando el acné lo acechaba -era su única preocupación, según cuenta-, viajó con su familia a Buenos Aires para instalarse definitivamente. Vivían en una casa inmensa que alquilaba la hermana de su madre; uno de los típicos conventillos. Adela cocinaba para las catorce personas de esa casa. Luis no puede evitar evocarla: "La estoy viendo ahora, temprano, yendo al mercado a comprar y cocinando para todos", recuerda y destaca que "tuvo una madre espectacular y muy trabajadora". A su padre le costó conseguir trabajo y vendía flores artificiales por muy poco dinero.


Cuando se recibió de bachiller en el Mariano Moreno, la única certeza era que no seguiría ninguna carrera vinculada a las matemáticas. Repasó los programas y el ingreso a Medicina era el más afín a lo que había estudiado en el secundario. Mientras tanto, trabajaba para la Empresa Argentina de Prensa y Publicidad, donde hacía stencils y grababa artículos destinados a los diarios del interior en contra del nazismo en la época de la Segunda Guerra Mundial. Sus ingresos no bastaban para costear los libros: no se compró ninguno en toda la carrera y se sentaba largas horas en las bibliotecas públicas, la del Partido Socialista, que luego fue incendiada en un acto político, la del Consejo Nacional de Educación y la de la Facultad de Medicina.

Fuente: La Nación. 


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