Por Mariano Tagliotti

Imágenes de una tarde santacruceña

Ha pasado hora y media desde el mediodía del 27 de octubre. En el cementerio de Río Gallegos la bandera argentina aparejada al mausoleo flamea constante pero tranquila, como en tregua con el viento arrasador de las últimas jornadas.

Toda una pintura de época.
Toda una pintura de época.
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Van llegando las columnas, (las agrupaciones, algunas con su dron, más adelante volveremos a la cuestión) portando su estandarte, su agenda y su porción de poder. El fuego del santacruceño más famoso, se dispersó en un montón de fueguitos que se chocan y contradicen, a falta de ordenador común.

“Hay que bajar la música, hoy es un día para pensarlo a Néstor”, comenta un militante histórico del palo del teatro, que le suma alegría a los actos disfrazado de dinosaurio pero que hoy está de civil. Con ganas de escuchar algo más que trompetas.

El Dron sobrevuela y captura las imágenes. Una marea humana multicolor canta, observa, escucha. Algún compañero universitario llegado desde el Conurbano, emocionado derrama sentidas lágrimas. Algún escritor de relieve escudriña la jornada, cazador avezado de historias. Muchos son jóvenes. Presencia de sindicatos. Es un fresco del proyecto de poder de Lupín, con militantes llegados desde todos los rincones del suelo santacruceño. La falta de industrialización de la provincia, la imposibilidad fáctica de sacarle más jugo a las riquezas naturales, los crónicos problemas de infraestructura han de quedar aparcados en esta jornada. Se recuerda al hombre que invirtió el rol de la Historia, al Quijote que construyó poder desde el sur profundo, tierra de exilios y castigos. Al hombre de su tiempo que comandó un proceso histórico que tiene su parte del León hasta estos días, pero que extraña horrores los tiempos del patear la correlación de fuerzas, anular leyes de obediencia debida y poner punto final al cuadro de Videla.

Hoy también se recuerda al vecino de Gallegos, al Intendente de los gimnasios deportivos, los centros de salud barriales.

“Lo único que nos une a todos es Néstor, de ahí para abajo, todo se complica”. El que habla es un dirigente joven, de la ciudad, que sabe que más allá de ese pegamento está la pelea por la conducción, de buenos modales pero eterna. Bellloni, no está. Los discursos los arranca Pablo González (“si vieras esto estarías contento”), lo sigue Pablo Grasso (“cada vez que estos atorrantes dejan kilombo nos llaman al peronismo”), la Rusa Urricelqui (Jaramillo) le da el contenido ideológico de espesor peronista al mitin (“no te pidas que no te lloremos, caminaste ripio cuando no había asfalto para construir Santa Cruz”), Walter Vuotto (intendente de Ushuaia) cruza desde la Isla de Tierra del Fuego “cuando llegó Néstor nuestras fábricas estaban cerradas”, dejando un penal a la reflexión crítica: “aquí, industria nunca tuvimos”.

Alicia, Máximo, Cristina, Florencia, no están. En los bordes del Mausoleo hay miles que perdieron un líder, un constructor de poder, un conductor. Ellos, perdieron familia. Lo llevan como pueden a este día particular, opinar de sentidos o contrasentidos sería desubicado, injusto, temerario.

En 2010, la tecnología no campeaba tan dominante sobre la política. Instagram en pañales (hoy se suben las fotos al instante haciendo la V), Whatsapp ni por asomo ante una caída paralizaba el mundo. Néstor Kirchner manejaba apenas los rudimentos de su computadora portátil, desmintiendo desde la experiencia que Big Data mata Territorio. El peronismo santacruceño no pierde su armado artesanal, el sonido sigue siendo un escollo para los más lejanos a los micrófonos de los oradores.

¿Por qué están aquí? ¿Por qué vienen? La marea humana es inapelable. La convocatoria, multitudinaria.

¿Por qué los convoca un aniversario? ¿Qué significa la más presente de las no presencias? ¿Es la superioridad de la acción, por sobre la declamación? ¿Es el “no quiero que vengan dos veces a pedir la misma solución los vecinos”, dicho en tono amenazante por un hombre vehementemente intenso?  Esta gente que, supone el cronista de este envío, va a seguir viniendo con el paso de los años, ¿viene porque se lo extraña, o porque se lo necesita?

¿Están por esa posibilidad, hecha carne por un hombre de movimientos toscos, 1,87, dicción compleja y estrabismo, de dar vuelta el tablero y llegar al centro de poder y, además, hacerlo bien de cara al tiempo histórico más complejo de nuestra Patria? Una provincia olvidada del mundo, en la periferia del continente, fría, ventosa, despoblada.

¿Por qué siguen viniendo? ¿Qué significa que más allá de este día, ese movimiento sea átomos, divididos en más átomos que, a su vez, se vuelven a dividir?

Preguntas de difícil respuesta, y como el hombre en cuestión, complejas. A la salida, el cronista se choca de frente con un gaucho a caballo, que bebe de una botellita de Coca Cola, para aplacar el calor. Viene a brindarle su respeto al hombre que falta hace once años hoy.

Toda una pintura de época.

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