Columna del domingo

Hogar de Cristo, diez años de solidaridad en Río Gallegos

El Hogar de Cristo es un movimiento a nivel nacional de la Iglesia Católica y también a lo largo del país existen dispositivos como los Centros Barriales. En Río Gallegos contamos con el Ceferino Namuncurá, un centro de bajo umbral como denominamos a los lugares donde no se exigen demasiados requisitos para ingresar.
 

26/07/2026 • 12:02

Héctor Silva
Coordinador del Hogar de Cristo

El Papa Bergoglio, en sus tiempos de Cardenal, nos enseñaba a acompañar sin muchas preguntas ni prejuzgamientos a los que se acercaban pidiendo ayuda, tanto para alimentarse como para hacer un trámite. El Hogar nació una Semana Santa hace 18 años, en la Villa 21 de Buenos Aires.
El Hogar de Cristo ya cumplió diez años en la capital de Santa Cruz. En 2016 el obispo D’Annibale nos cedió un espacio que pertenecía a Cáritas en Mendoza 340 sobre la Costanera y allí empezamos a recibir gente con mate cocido y un baño para quien necesitara ducharse. Las primeras tres personas que llegaron vivían cerca, en los vagones de la Asociación Amigos del Tren.
La ayuda se fue incrementando de acuerdo a las demandas que encontrábamos. Meriendas, almuerzos, un horario más amplio, más días de la semana con la sede abierta. Todo fue surgiendo en el camino, como la apertura de la Casa Taller “Puchi” Vivas y la gran red de contactos que hoy tenemos con otras instituciones.
En Río Gallegos no contamos con dispositivos como los residenciales, donde los jóvenes se quedan a dormir. Esos son centros terapéuticos, que reciben personas en etapas agudas de adicciones y que requieren lugares más controlados y cuidados. También en otras ciudades hay casas de medio camino y casas amigables, destinadas a quienes ya pueden sostener tratamientos ambulatorios o cuentan con un trabajo.
Nosotros abrimos de lunes a viernes de 10 a 16 horas. Recibimos a los que llegan y los aceptamos con todas sus complejidades: problemas de consumo, falta de documentación, dificultades para encontrar un alojamiento. Mientras logran higienizarse o almorzar, los escuchamos y los ayudamos a acceder a todos los derechos que tienen vulnerados y muchas veces desconocen.
De esta forma tejemos un vínculo y los chicos empiezan a sentirse parte de la obra del Hogar, que por unas horas al día se convierte en su casa, donde reciben abrazos, sonrisas, un mate, una charla, un vínculo d afecto que antes no tenían.
Abrimos las puertas a gente de todas las edades, pero son mayoritariamente varones que con el paso de los años llegan cada vez más jóvenes. Ahora la población promedio es menor, aunque también hay adultos mayores, que hicieron del Hogar su lugar de encuentro para combatir la soledad porque hallaron un clima afectivo, de familia.
Hay muchas historias: necesidades alimentarias, desempleo. En nuestras mesas almuerzan diariamente unas 45 personas. Tenemos treinta que son fijos y los demás van y vienen. El boca a boca hace que otros lleguen pidiendo ayuda por mil motivos: viven en la calle, no son de Río Gallegos, se quedaron varados, no tienen trabajo. Los apoyamos a todos para que se pongan de pie.
No considero a nuestro espacio como un lugar terapéutico. Lo veo más desde una lógica comunitaria. Sabemos bien que para una persona que padece adicciones, el problema no es la droga en sí misma sino toda la complejidad que está detrás, como modificar conductas. Muchos chicos que recibimos no han tenido nunca afecto familiar. Sentirse escuchados los ayuda mucho.

Por eso creo que esto es parte de un tratamiento no estrictamente clínico sino centrado en cambiar cosas de su vida. Algunos jóvenes hasta se han revinculado con sus madres en el Centro Barrial, después de haber sido expulsados de sus casas. Esa es nuestra tarea también: sanar relaciones que estaban rotas.
Económicamente nos sostenemos con dos pilares: un convenio con la SEDRONAR, por ser la nuestra una Casa de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC). Con esto pagamos costos fijos como los servicios. Y además, el año pasado ingresamos a la Red del Banco de Alimentos, lo que nos permite sostener la comida diaria de la gente que ayudamos.
Cada invierno hacemos una colecta de ropa de abrigo para aquellos que nos visitan. Camperas, guantes, buzos, bufanda, pulóveres y también ropa interior. Tenemos dos lavarropas que sirven sobre todo a la gente que no duerme en la calle pero sí lo hace en una pieza pequeña donde no pueden limpiar sus prendas.
La vulnerabilidad social ha crecido notoriamente en los últimos años de la mano de las necesidades. Cuando un chico llega a un centro barrial por problemas de consumo es porque ya está muy roto y vive en un contexto muy desfavorable que acrecienta los padecimientos respecto de la salud mental. Nosotros trabajamos sobre el sufrimiento social.

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