Una historia para contar

Se hizo camino al andar: Sixto, el correcaminos

Este pedacito de historia refiere a un atleta ejemplo, quien por muchos años supo lidiar con su adicción al alcohol, pero se recuperó y logró encontrar en el amor la salida para seguir peleando esa batalla. Un día descubrió que correr no sólo ayudaba a su salud física, sino también mental. Sus piernas lo llevaron a recorrer la provincia, el país, y llegar hasta el “fin del mundo” donde quedó retratado en una fotografía. Sixto, y un espíritu que no descansa hasta llegar a su meta.    

Sixto Chaura, el atleta al que apodaron el correcaminos.
Sixto Chaura, el atleta al que apodaron el correcaminos.
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A Sixto lo encontrás un día de calor en las alturas, arriba de un andamio, con su mameluco adornado por pinturas de variados colores. Pero también lo podés ver de cortos y remera térmica, esos días que hielan las manos por el frío.

De oficio pintor, Sixto Chaura nació en Castro –en la Isla de Chiloé, ubicada en la zona centro de Chile- hace ya 60 años. Hijo de una familia trabajadora y de pocos recursos; ya en su temprana juventud conoció los primeros tragos y supo encontrarle el “gustito” al alcohol. “Empecé tanteando y probando a los 10, 11 años”, indicó Sixto a TiempoSur, que indicó que tomaba licores fuertes. “Nadie te enseña a tomar, ni siquiera mis padres, porque mi viejo era deportista de primer nivel que llegó a Universidad Católica”. Su padre, de apodo “Chalita”, fue uno de los primeros chilotes en ser profesional en el fútbol de su país.   

La adicción lo acompañó cuando decidió irse, a los 18 años, de su tierra natal hacia el sur, teniendo como destino Punta Arenas y Puerto Natales, donde ofició de ayudante de construcción y tareas generales. “Fue como una compañía para mi, siempre andaba a media caña, para el frío y el hambre”, relató, y dijo que “se hizo insostenible porque fue vivir para el alcohol”. 

“Estuve en Punta Arenas pero no me fueron bien las cosas, por el Gobierno militar y pocas posibilidades de trabajo. Estuve en una empresa constructora y jugué el futbol. Hice de todo un poco”, recuerda.

 

RESILIENTE

Años más tarde y con “veintipico” trabajó en Río Turbio. Un lugar que recuerda quizás, no por su belleza paisajística, sino por ser el sitio donde tocó fondo y pudo encontrar una salida a su adicción.

“Con 27 años viví en un basural, era una persona negra, nadie se acercaba por el olor repugnante que tenía y me tiraban monedas -rememora Sixto-, pero un día de mucho frío, dolor y hambre no sentía nada y miraba a lo lejos, y me acordaba mucho de mi mamá. Vino un hombre grande, me levantó y me dijo ´yo te voy a llevar a un lugar para que no tengas frío, acompáñame”. Transitó varias cuadras hasta llegar a una casa donde golpeó la puerta y al abrirse Sixto les indicó: “Me trajo un amigo”.

El lugar era la sede de Alcohólicos Anónimos y Sixto para en su relato porque la tristeza lo traslada a ese momento tan angustiante y no le permite seguir hablando.

“Me dieron la bienvenida y me preguntaron ´quién te trajo´, porque cuando miraron atrás mío no había nadie”, señala. Salieron a ver los compañeros y no encontraron a nadie, y Sixto advierte que nunca más lo vio al hombre de aquella noche, quien le salvó la vida.

Ahí comenzó su carrera de “empezar a dejar de tomar”. Salía de allí y durante todo el día luchaba contra su adicción. “Me la pasaba caminando y no tenía dónde dormir, por eso era más fácil que volviera a tomar, para pasar el frío. Hasta que alguien me ofreció un albergue, otro me llevó a su casa;  de repente me fui para Chile y en el primer encontronazo me ofrecieron una cerveza. Decidí volverme a Río Turbio, a las reuniones, ya que en Natales no había Alcohólicos Anónimos”.

         

AMOR DE FAMILIA

Tras varios años entre la Cuenca Carbonífera y Puerto Natales decidió probar suerte en Ushuaia y fue allí donde conoció a su gran amor Paula, con quien lleva 26 años y tuvo cuatro hijos: Carina, Albertina, Nicolás e Ignacio, uno nacido en la ciudad fueguina y tres en Río Gallegos.

“Yo quería vivir en Ushuaia, un paraíso, pero conocí a mi esposa que era nacida en Gallegos y quiso venirse” expresó, y dejó en claro que “cuando nace el amor es maravilloso y tenés que seguir adonde vaya”.

Sixto recuerda que después de un tiempo decidió contarle sobre su continua recuperación, pero tenía temor de perderla en el intento. “Cómo le decía que era un recuperado del alcohol, por el tabú del qué dirán” rememora, y dice que le pidió “a Diosito que no me abandone”, pero ella lo entendió, lo contuvo y lo apoyó en su recuperación.

El grupo Trébol -de Alcohólicos Anónimos- se formó hace poco más de 10 años en Río Gallegos, como también se formó el grupo El Turbio en la Cuenca. Sixto cuenta: “Es mi segunda escuela, mi escuela de vida; aprendí a escuchar, a respetar, a aceptar y ser solidario. Pero Alcohólicos Anónimos no se aprovecha, sólo trabaja por atracción. Somos un grupo cerrado donde se cuenta la experiencia de vivir 24 horas sin alcohol”.

Pero entiende que “hay que trabajar mucho más”. “Uno se recupera para ayudar al otro y transmitir un mensaje. Quiero que mi historia de vida le sirva a otros para recuperarse”, expresa.

 

SENTIRSE VIVO

Ocho años atrás Sixto pesaba 92 kilos. “Me paré y me caí”, esa fue la señal para ver a un médico que lo retó porque fumaba mucho y no hacía actividad física. Un amigo lo sumó a un grupo de running y allí comenzó su acercamiento con las carreras. La primera fue una carrera por el aniversario de Comandante Luis Piedra Buena, donde hizo 10 vueltas al pueblo. “Venía la ambulancia, la policía y un carro de bomberos”, recuerda. En aquella carrera hizo 21 kilómetros. “Me dolía todo”. A la semana no podía ni caminar. Dos profesoras lo vieron y comenzaron a entrenarlo dos veces por semana. Le regalaron zapatillas, la indumentaria y lo ayudan para poder viajar. Una rutina de kilómetros por semana lo llevó a bajar a 75 kilos, a ganar en su categoría y ser de los primeros en la general.  

A partir de allí comenzó a participar de carreras en diferentes lugares de la provincia y el país, desde Salta a Tierra del Fuego, como también en Chile (Punta Arenas y Puerto Natales). Hoy tiene 200 medallas de todas aquellas competiciones.   

“Para mí todas son importantes las medallas, pero la mejor medalla que tengo es por ayudar a recuperar a otro”, subraya. El año pasado tuvo su reconocimiento, ya que de 30 años que lleva fuera del alcoholismo, ha recuperado a 5 personas. “He ayudado a muchas personas en 30 años y me tienen como referente social, sin medios económicos. Si tengo la posibilidad ayudo y no le pido a nadie”, insiste.

Por otra parte, describe el cariño que tiene por ese deporte que lo ayudó y lo sanó. “Correr me hace sentir que estoy vivo” expresa Sixto, y dice que va a correr “hasta que Diosito me diga no, pero hoy quiero correr, siempre”.  

Para él ese deporte lo hace “vivir la plenitud” del cuerpo, la cabeza y la mente.  

“Correr es una droga natural que te hace bien”, concluye.

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