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Atahualpa Yupanqui, el payador perseguido

Se cumple un nuevo aniversario del máximo exponente del folklore argentino. Se entrelaza en su obra, desde sus raíces en el Campo de la Cruz hasta sus viajes por el mundo. Su música trasciende generaciones, dejando un legado imborrable que perdura en la esencia de la música argentina.

31/01/2024 • 10:52

Atahualpa Yupanqui (en quechua, el que viene de lejanas tierras para decir algo) nació en el Campo de la Cruz, en José de la Peña, partido de Pergamino (al norte de la provincia de Buenos Aires) el 31 de enero de 1908.

Su nombre real es Héctor Roberto Chavero. A los 9 años se trasladó a lo que llamó “el reino de las zambas más lindas de la tierra”: Tucumán. El suicidio de su padre, cuando él tenía apenas 13 años, lo forzó a colaborar con el mantenimiento de la familia. Fue hachero, arriero, oficial de escribanía, mandadero y corrector de pruebas en un periódico. Leía con avidez cuanto libro caía en sus manos. Se enamoró de los poetas del Siglo de Oro español, del Quijote, y de las reflexiones de Schopenhauer y Nietzsche. En la revista escolar publicó sus primeros sonetos con el seudónimo de Atahualpa Chavero.

 

Se lo considera el más importante músico argentino de folclore. Sus composiciones han sido cantadas por reconocidos intérpretes, como Mercedes Sosa, Los Chalchaleros, Horacio Guarany, Alfredo Zitarrosa, José Larralde, Jairo, Andrés Calamaro, Divididos, Soledad y Suma Paz, entre muchos otros, y siguen formando parte del repertorio de innumerables artistas en Argentina y en distintas partes del mundo.

En 1934 reingresó a la Argentina por Entre Ríos y se radicó en Rosario provincia de Santa Fe. En 1935 se estableció en Raco, provincia de Tucumán. Pasó brevemente por la ciudad de Buenos Aires, donde diversos intérpretes comenzaban a popularizar sus canciones, para actuar en radio. Recorrió después Santiago del Estero, para retornar por unos meses a Raco en 1936. Realizó una incursión por Catamarca, Salta y Jujuy. Más tarde visitó nuevamente el Altiplano en busca de testimonios de las viejas culturas aborígenes. Retornó a los Valles Calchaquíes, recorrió a lomo de mula los senderos jujeños y residió por un tiempo en Cochangasta, provincia de La Rioja.

A causa de su afiliación al Partido Comunista, que duró hasta 1952, su obra sufrió la censura durante la presidencia de Juan Domingo Perón: fue detenido y encarcelado varias veces. Atahualpa se fue a Europa en 1949.

Uno de los momentos que marcaron la carrera artística de Yupanqui fue cuando conoció a Edith Piaf, en un club parisino. Ella lo escuchó deslumbrada y le preguntó: “¿Dónde trabajás?”. Y el argentino respondió: “En ninguna parte. Ya me voy, ya me voy a mi país”. Algo emocionada, la cantante francesa replicó en voz alta una especie de orden y súplica: “No, París tiene que escucharte. Ven mañana a las ocho al Athenée con tu guitarra. Te enviaré el auto al hotel”.

Aquella noche del 6 de junio de 1950, Edith abrió el recital y cantó más de veinte canciones, para luego presentarlo al público: “Les presento a Atahualpa Yupanqui, un músico de mucho talento, a quien dejo cerrar el espectáculo. Quiero que lo escuchen como lo merece”.

Al poco tiempo, Yupanqui firmó un contrato con Chant du Monde, y la Academia Charles Cros lo distinguió entre 350 artistas de todo el mundo al otorgarle el Primer Premio al Disco Extranjero. En un año dio más de 60 recitales en toda Francia. Luego, recorrieron varias ciudades europeas. Durante esos años, en París, vivió y potenció su carrera. Allí nació “El payador perseguido”, su obra más completa.

En 1952, Yupanqui regresó a Buenos Aires. Él rompió relación con el Partido Comunista, lo que hizo más fácil concertar actuaciones en radio. Mientras que con Nenette, su esposa, construía su casa de Cerro Colorado, provincia de Córdoba, Yupanqui recorría el país.

El reconocimiento del trabajo etnográfico de Yupanqui se generalizó durante la década del ´60, y con artistas como Mercedes Sosa y Jorge Cafrune, grabó sus composiciones y lo hizo popular entre los músicos más jóvenes, que se refieren a él como Don Ata.

 

Yupanqui alterna entre sus casas en Buenos Aires y Cerro Colorado. Durante 1963-1964, realiza una gira por Colombia, Japón, Marruecos, Egipto, Israel e Italia. En 1967, realizó una gira por España y se estableció en París. Volvió periódicamente a la Argentina y apareció en Argentinísima II en 1973, pero estas visitas se hicieron menos frecuentes cuando la dictadura militar de Jorge Videla llegó al poder en 1976.

En 1986, Francia lo condecoró como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. En 1987 volvió al país, para recibir el homenaje de la Universidad de Tucumán.

Debió internarse en Buenos Aires en 1989 para superar una dolencia cardíaca, pese a lo cual en enero de 1990 participó en el Festival de Cosquín. A los pocos días, Yupanqui cumplió un compromiso artístico en París.

Volvió a Francia en 1992 para actuar en Nîmes, pero se indispuso y allí murió el 23 de mayo.

Por su expreso deseo, sus restos fueron repatriados y descansan en Cerro Colorado. Compuso 1.200 canciones, 11 libros y participó en 7 películas. No era una persona fácil, más bien “un indio bravo” a quien, a la manera de Borges, le gustaba jugar con el estilete de sus opiniones.

Era un andariego que recorría el mundo con su guitarra pero siempre volvía al lugar que sentía más suyo, su rancho de Agua Escondida, en el Cerro Colorado, al norte de la provincia de Córdoba. Allí vivía con el gran amor de su vida, Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick, Nenette, la pianista que usaba el seudónimo de Pablo del Cerro y que compuso con Atahualpa 42 temas, entre otros “Luna tucumana”, “El alazán” e “Indiecito dormido”. Es allí, en Cerro Colorado, donde Atahualpa Yupanqui fue enterrado al pie de un roble.

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